30.9.06

Primer text de ficció

Tal com vaig anunciar fa unes setmanes, provaré d'incloure també textos propis de ficció en el bloc. En aquest cas, es tracta d'una narració curta.


Despedida

Tren, camina, silba, humea,
acarrea
tu ejército de vagones,
ajetrea
maletas y corazones.

Antonio Machado, Otro viaje

Llegaron a la estación muy de mañana, a las 7:26. Exactamente once minutos antes de la hora prevista para la llegada del tren. El rojo del semáforo delataba que aún quedaba tiempo. Tiempo para las despedidas, tal vez para las lágrimas. Era febrero y hacía frío. Las pasarelas de madera que cruzan las vías estaban cubiertas de una escarcha viva y brillante que instaba a pisarlas con sumo cuidado. Bajaron del coche, protegidos con abrigos y bufandas. La madre lo abrazó con fuerza. “Déjalo ir, un día volverá, es mejor así, dejándolo marchar” rezaba una canción que escuchaba de joven, justo cuando conoció a J, quien después sería su marido. Siempre escuchaba esa canción después de despedir a J en esa misma estación, cuando eran novios, los domingos por la tarde. De eso hacía ya más de treinta años y ella tenía la misma edad que su hijo ahora. Qué ironía, la misma canción para una nueva despedida. “¿Qué es la vida? Absurdo trajín” decía otra canción de la misma época y en esos momentos no podía estar más de acuerdo. Cuántos cambios, alegrías, pesadumbres, esfuerzos se dan en una vida. ¿Útiles o vanos? No sabría decirlo. Sólo sabía que sentía una profunda tristeza al dejar ir a su hijo. Un ardor en el estómago que le quemaba los ojos.
El hijo estaba muy serio. Quizás sentía más miedo, temor, que tristeza. Veía como su cómoda vida se desvanecía por momentos. Dejaba atrás el cariño, la protección, la seguridad, por un futuro desconocido. Notaba un cierto remolino en los intestinos.
El padre, por su parte, había preferido no acompañarles. Se quedó en casa, solo. Por la noche casi no había dormido. En las largas horas en velo, su vida había pasado ante si como una película. Como ocurre, según cuentan, justo antes de morir, aunque más lentamente, deteniéndose sobretodo en los años de su juventud. Los estudios, los planes, las expectativas, las esperanzas... ¡Cuántos anhelos! Toda una vida por delante y una maleta llena de ambiciones. Unas ambiciones que se fueron quedando poco a poco en el camino, inútiles como hojarasca. Y ahora era su hijo quien cargaba esa misma maleta, llena a rebosar de ilusiones. Como los artistas decimonónicos que cogían el tren de París. El padre nunca quiso que su escepticismo manchara las ilusiones de su hijo, vírgenes aún. Era otra vida, otro futuro. Y aunque ese futuro muy pronto sería también pasado, tal vez un gris pasado, no creía tener derecho a contar según qué verdades. Y pese a que adoraba a su hijo, consideraba preferible verlo caer, sufrir, a, como vulgarmente se dice, cortarle las alas. Cómo hieren el cariño y el tiempo, pensaba el padre mientras la madre y el hijo esperaban en el andén.
En el andén, el aire gélido hería también. Se clavaba en el rostro como flechas de hielo. Algunas figuras aisladas esperaban también, curvándose en sus gabanes para guarecerse del frío mientras expulsaban fugaces bocanadas de vaho. La luz despuntaba descubriendo un cielo azul espectral, delimitado por la nítida silueta de las montañas. Los ventanales de la estación permanecían cerrados mientras el viejo reloj marcaba la hora de un día muy lejano. Tal vez del día en que la madre daba a luz a aquel hijo. Fue un sábado de invierno, en una inhóspita clínica de la ciudad. El niño nació sin problemas, llorando. Como lloraron la madre y el padre ante aquel ser desvalido que tanto coraje les dio para vivir día a día. Recordaba esos momentos a la perfección mientras escondía la cabeza entre las anchas espaldas de su hijo para protegerse del aire y de la realidad. No lloraba, cerraba los ojos y aspiraba su olor. Un olor que se confundía con el de la lana y el del tabaco que desprendía su tabardo azul. No se oía aún el silbido del tren. Los raíles refulgían, brillantes, poderosos, futuristas, como una imagen perfecta del ambiente glacial que reinaba y del destino inclemente. Entre ellos, las piedras de granito que tantas veces había recogido de niña, seleccionando la mejor para su colección de minerales. Tal vez su vieja madre aun la guardara, encima de algún armario o en el altillo que había sobre el baño.
El hijo esperaba con impaciencia. Quería que todo terminara. No era falta de sensibilidad. Era su propia timidez que se conjuraba con la voluntad de acabar cuanto antes. Como cuando de niño había que arrancarse un esparadrapo: cuanto más rápido, mejor. Aunque su decisión era firme, tenía miedo a la duda. No quería pensar ni por un momento que había vuelta atrás. Quería mirar hacia adelante, hacía el final del túnel que atravesaría en unos minutos. No quería recordar.
El recuerdo es la peor de las drogas, pensaba el padre, mientras preparaba una taza de té en la cocina. Da un gran bienestar mientras se inocula lentamente y se deja la mente vagar en él pero después hiere y envenena. El recuerdo más auténtico es el de la infancia y la primera juventud, se decía también, mientras la cucharilla vertía los brillantes y minúsculos gránulos de azúcar en la taza de té. Las olas que generaba la cuchara en el líquido ambarino le recordaron por un momento las horas pasadas junto al río de niño, cuando con sus amigos lanzaban piedras haciéndolas rebotar sobre la superficie tenuemente viscosa del agua. O cuando competían para ver quien aguantaba más rato con el pie metido en el agua helada. Pensaba también en las primeras disputas con otros chavales del grupo en la primera adolescencia. Fueron tal vez las primeras decepciones que le deparó la vida, sus primeros encuentros con la mezquindad y la ruindad. Como cuando le expulsaron del equipo de fútbol por no querer plegarse a las estúpidas y pueriles directrices de algún joven aprendiz de tirano. De eso hacía ya cuarenta años.
A la estación iban llegando algunos viajeros, que se apresuraban para alcanzar el andén. Una vez allí, se relajaban y daban pequeños pasos de un lado a otro, sin sentido. Alguno golpeaba el suelo con la punta de los zapatos en un intento vano de hacer entrar los pies en calor. La madre y el hijo hablaban de temas banales.
- ¿Has cogido la máquina de afeitar? ¿No habrás olvidado el DNI?
Preguntas que añadían más tensión, si cabe, al momento. Sin embargo, el hijo contestaba con tranquilidad. La situación le impedía utilizar aquel típico tono con el que los jóvenes responden a la insistencia de sus madres. Mientras respondía miraba hacia abajo, a la carretera. La estación estaba situada en una de las laderas del valle y desde el andén opuesto a donde estaba el edificio de la estación podían verse el río y la carretera que discurría paralela a él. Pese a la temprana hora, la circulación era intensa, ágilmente intensa. Las lonas de los numerosos camiones que circulaban a aquella hora zumbaban a causa de la velocidad. Al hijo le parecía absurdo todo aquel frenético movimiento.
Desde la cocina, el padre veía pasar aquellos mismos camiones con algunos segundos de diferencia. Recordaba cuando sentaba a su hijo en el regazo y miraban pasar los coches por esa misma carretera. Entonces era casi un bebé. Ahora, el padre sentía no poder hacer nada más que ver pasar los coches, otros coches, y beber, lentamente, la taza de té. En sus pensamientos la tristeza por la partida del hijo, por su futura lejanía, se mezclaba con la inquietud. Lo que más deseaba en el mundo era que su hijo fuera feliz. Y temía que no lo fuera. Hasta hora, junto a ellos, su hijo no había vivido. No, no había vivido en el sentido completo del término. Se había encontrado con dificultades, problemas, peligros, desilusiones, sin duda, pero no se había enfrentado a pecho descubierto con el mundo. Y eso era vivir: esquivar puñales sin escudo.
La madre, en la estación, se preguntaba qué era la vida. La vida era un hermoso sábado de invierno, frío y claro, con los árboles desnudos, que transcurría lentamente tras un amplio ventanal. Pero la vida era también una oscura noche de domingo, sudando entre las sábanas, con la cabeza llena de dudas y temores. Lo peor de la vida era ese miedo: el temor al futuro y a lo desconocido. Lo mejor de la vida era el sol, el aire, la amplitud del cielo, la seguridad, el cariño.
El hijo no hubiera sabido decir qué era lo mejor de vivir. Tal vez cuando alguna chica se quedaba absorta en sus falsamente seguras explicaciones, mirándole con aquellos ojos grandes, sin parpadear. O cuando charlaba con sus amigos sin ningún complejo, riéndose a carcajadas, sin miedo a nada. Pero ahora sí sentía miedo. Miedo al mañana y a la decepción. Quería demostrar su valía. Y empezar cuánto antes. Y el tren no llegaba nunca.
El padre miró el reloj de la cocina. Pronto oiré el pitido, pensó. Y recordó, sin saber por qué, la primera vez que llevó a su hijo al fútbol. Y vio con nitidez la cara de ilusión del niño, enmarcada por la bufanda y el gorro con los colores de su equipo. Recordó aquellos enormes bocadillos, como cohetes metálicos dentro de la bolsa de plástico. Y la admiración del hijo al ver por primera vez aquel verde tan intenso del césped bajo la luz de los focos del estadio. Aquel día empataron a cero y aún recordaba su profunda decepción porque el hijo no pudo vivir la mágica alegría de cantar un gol en el campo.
Al fin, el padre oyó un ruido familiar. Era el tren. Miró de nuevo el reloj. Era la hora. Lo vio pasar entre los árboles, con las luces de las ventanillas resplandeciendo. Iba rápido y muy pronto llegaría a la estación. Pensó en todos los trenes que había cogido en su vida. Muchísimos, pero ninguno era como aquel. Aquel era el tren que llevaba a su hijo a la vida y que a él le traía ya la vejez. Siguió sorbiendo el té, era todo cuanto podía hacer.
La madre y el hijo seguían en el andén. No sabían qué decir y estaban inquietos. La madre no quería llorar. Hacía grandes esfuerzos para no hacerlo. Sus enguantadas manos temblaban. Cogía a su hijo por un brazo, con ambas manos, apretándolo con fuerza. Quiso cantarle una canción como cuando era un bebé pero no lo hizo. Quiso decirle algo, darle un último consejo, expresar una muestra final de afecto pero no pudo.
Y llegó el tren a la estación, potente, incontestable, insolente. Pitó un par de veces y se plantó ante los viajeros con todo su esplendor. Iba casi vacío. Los pasajeros ya instalados miraban a los que subían con desconfianza, como a invasores de su territorio. Subió el hijo con sus bolsas. Miró a su madre desde la plataforma y le dijo adiós con la mano, forzando una sonrisa. Buscó un asiento libre, colocó las bolsas en el portaequipajes, estirando los brazos, y se quedó unos segundos inmóvil ante la ventana, con el cuerpo tenso y la mirada perdida. Reaccionó y se sentó. Sonó el aviso y las puertas se cerraron. El hijo sonrió de nuevo y saludó a su madre. El tren arrancó suavemente. El hijo siguió saludando con la mano mientras giraba progresivamente la cabeza.
La madre gritaba el nombre de su hijo con la voz no muy alta mientras movía ambas manos rítmica y apesadumbradamente, caminando en la misma dirección del tren. Veía como el rostro de su hijo, tras el cristal, se iba alejando. Al final ya no lo veía y el tren se iba haciendo cada vez más pequeño hasta que desapareció entre unas rocas. Miró a su alrededor. Estaba sola en el andén. Hacía mucho frío. Su hijo se había ido. No lloraba.
Copyright d'Àlex Figueras

13.9.06

Apunt francès: sobre arbres autèntics i falsos

Article publicat a El 9 Nou l'11 de setembre de 2006

Gordes és un bellíssim poble provençal. Potser el poble més bonic que mai hagi vist. Les cases s’amunteguen en els vessants d’un turó coronat per l’església i un sobri castell. Totes elles són d’una pedra de tons clars, amb finestrals de fusta marrons, blancs, verds o blaus. Els murs i les tanques són de pedra seca. Els xiprers i heures dels jardins donen un toc de verd al conjunt. No hi ha res que hi desentoni. Amb la llum de l’horabaixa tot el vilatge adquireix una tonalitat daurada. El paisatge que envolta el poble és també extraordinari, amb una plana dominada per les vinyes i esquitxada d’alguns camps de lavanda. Ben al fons, regnen les muntanyes del Luberon sembrades d’altres pobles igualment idíl·lics: Menerbes, Oppède-le-vieux, Bonnieux,...
Gordes fou un centre d’adob de pells durant l’època napoleònica, va acollir també artistes com Chagall i, segons m’informen, durant els últims anys ha estat discret lloc d’escapada de la gauche caviar parisenca, menys donada a fer-se veure que la nostra cada cop més tronada gauche divine.
Doncs bé, per necessitats de la vida moderna i de les noves comunicacions, Gordes ha hagut de dotar-se d’una antena de telefonia mòbil. Durant uns mesos, i de forma provisional, la van situar als afores del poble. Però la solució definitiva és per treure’s el barret. En un petit solar poblat d’arbres a l’entrada del poble s’ha construït un fals arbre metàl·lic, amb el seu corresponent tronc i les seves branques, que no és més que una antena de telefonia mòbil. L’arbre-antena fa la seva funció, potser emet radiacions nocives com la resta d’antenes de telefonia (això encara ningú ho ha aclarit) però passa desapercebut enmig dels arbres i no afecta el paisatge. Una solució refinada, francesa, Richeuliana.
I ja que parlem d’aquest arbre fals, no puc deixar de fer referència a uns altres arbres, autèntics en aquest cas però també molt francesos: els plataners. Una característica comú a molts pobles del país veí és l’existència de carreteres, avingudes o carrers vorejats de plataners vells i robustos. A l’hivern, aquests arbres mostren els seus nobles i antics esquelets, mentre que a l’estiu ens obsequien amb la seva ombra benèfica i generosa. França ha conservat aquests plataners com un tresor i els ha convertit gairebé en un fet diferencial. Aquí, per contra, tenim una tendència salvatge a arrencar-los. Les excuses són diverses: que si són perillosos per la conducció (doncs no correm tant que arribarem igual), que si no permeten ampliar les carreteres (doncs deixem-les com estan), que si s’han de fer voreres noves (i no estan bé les que tenim?), etc. Així doncs, s’imposa la rajola i l’asfalt i els pocs plataners que tenim es substitueixen per fanals generalment lletjos o, en el millor dels casos, per arbres raquítics que trigaran anys i panys a tornar a fer ombra. I el resultat el patim a curt i a llarg termini. A la llarga, i quan ja no tindrem temps de tornar enrera, ens adonarem de la uniformització, pèrdua de personalitat i lletjor que estem creant. I a curt termini, cada estiu, tots patim les conseqüències d’haver de caminar per terrenys on domina el ciment en lloc de gaudir de la frescor d’aquests plàtans tan francesos.

1.9.06

Eloy Sánchez Rosillo

Confesso que llegeixo poca poesia i tinc uns coneixements molt limitats sobre aquest gènere. Així mateix, i tal com em passa amb les diferents formes de modernitat artística, em costa entrar en certes formes i corrents de poesia. Els trobo obscurs, allunyats de la meva sensibilitat. M’avorreixen i em deixen indiferent. M’agraden, en canvi, els poetes que sento propers, que m’emocionen: Machado, Sagarra, Leopardi, Manent, García Lorca. També Pessoa, amb tota la seva complexitat. I entre els poetes actuals tinc especial predilecció pel murcià Eloy Sánchez Rosillo. Potser perquè, com deia abans, la seva poesia senzilla em resulta molt propera.
Reprodueixo aquí un parell de poemes de Sánchez Rosillo. Pertanyen al volum La vida (1996) i, al meu parer, expressen perfectament moltes de les sensacions pròpies d’aquest moment de l’any.

Septiembre

De repente, las playas se han quedado desiertas;
ha refrescado un poco y se acortan las tardes.
Hoy comienza septiembre, y la melancolía
del final del verano, puntualísima, acude
a su cita conmigo. Hay que volver mañana
a la ciudad. En ella me esperan las rutinas
y las viejas costumbres que me fueron haciendo
ser el que soy. Muy pronto, se irán quedando en nada
los sueños que he soñado junto al mar, los propósitos
de libertad, de cambio, que en las noches de julio
y agosto fabulé, tan fervorosamente
como en la adolescencia, a la vez que mis ojos
con asombro miraban la inquieta muchedumbre
de los astros del cielo. En la ciudad, no hay duda,
me encontraré de nuevo cuando llegue con ese
que se quedó en mi casa mientras yo estaba fuera,
con ese que se niega a cambiar y conoce
como nadie mis gestos, mis horarios, las cosas
que me atan a mí mismo. Él me pondrá al corriente
de los tontos asuntos que habrá que ir resolviendo
en los próximos días. Así, sin mucha pena
y sin gloria ninguna, transcurrirá el otoño.
Y después, de muy malas maneras, implacable,
tomará posesión de mi vida el invierno.

(De La vida, copyright de l’autor)

Depedida

El verano se acaba.
Parece que fue ayer cuando llegó de súbito
en su carro de oro.
Venía, jubiloso, por los campos
y a su paso las tierras se colmaban
de espigas y de frutos.
Dispuso que las sombras se apartaran
del corazón del hombre y que creciera
la alegría en su pecho. Estaba todo
lleno de luz, de intensidad. Se hicieron
inmensas las mañanas y las tardes
no terminaban nunca.
Daba la sensación de que el verano
iba a quedarse aquí ya para siempre.
Pero, mirad: se acaba.
Y nos parece ahora que fue breve en extremo
su prodigiosa estancia entre nosotros.
Mirad cómo se marcha: invicto, fulgurante,
se aleja por los campos en su carro de oro.
Los días, poco a poco, van menguando.
Y un indicio de otoño que hay en el aire dice
que es muy fugaz la dicha.

(De La vida, copyright de l’autor)

30.8.06

També ficció

Fins ara aquest bloc s'havia nodrit bàsicament d'articles periodístics, notes disperses, reflexions sobre l'actualitat, etc. En definitiva, textos que s'englobarien en el que es coneix com a "no ficció".
Tot i que potser aquesta no sigui la funció d'un bloc, a partir d'ara hi inclouré també alguna narració de ficció.
Així mateix, tinc la intenció d'anar incorporant alguns fragments de textos d'altres autors. Espero que això contribueixi a enriquir el bloc.

26.7.06

El biaix informatiu de sempre

Ahir l’informatiu del vespre de la nostra televisió pública ens va oferir imatges d’un hospital libanès, juntament amb el testimoni de diferents víctimes dels atacs israelians ateses en aquell centre sanitari. Era una informació colpidora que ens va permetre conèixer de primera mà l’horror del conflicte iniciat per les milícies islàmiques d’Hezbol·là i el dolor d’un dels bàndols.
Lamentablement, però, la nostra televisió pública (i en general tots els mitjans del país) mai ens mostren el patiment de l’altre bàndol. Ni testimonis de les víctimes israelianes dels atacs aeris d’Hezbol·là a Haifa, ni persones mutilades pels atemptats terroristes palestins ni entrevistes amb les famílies dels soldats segrestats o assassinats. Res de res. Uns són els bons i els altres els dolents. Maniqueisme i biaix informatiu pagats amb els impostos de tots.

18.7.06

Impressionisme al Montseny



Article publicat a El 9 Nou el 17 de juliol de 2006

Quan sentim parlar de l’impressionisme, instintivament ens venen el cap imatges de les ballarines de Degas, els nenúfars de Monet o els retrats de Renoir. I, si ens centrem en els paisatges impressionistes, veiem de seguida vistes urbanes de París, pescadors i barques al Sena, estacions de tren emboirades, platges normandes o camps i arbredes del nord de França. I pensem ràpidament en Monet, Sisley, Pissarro, els grans mestres del paisatge impressionista. No hi ha dubte que aquest moviment pictòric està del tot lligat a uns determinats escenaris, genuïnament francesos. No obstant això, alguns paisatges molt més propers han estat també objecte de pintures impressionistes.
Marià (o Marian) Pidelaserra (Barcelona, 1877-1946) està considerat l’exponent més clar de pintor impressionista català, almenys durant una etapa de la seva trajectòria artística. Malgrat que la seva obra inicial s’alinea en l’academicisme, el seu desplaçament a París l’any 1899 va capgirar la seva manera de pintar i ràpidament va adoptar els postulats de l’impressionisme. Tot i que pintats molts anys després, els seus paisatges parisencs estan en línia amb els de Monet, Sisley, Pissarro o Caillebotte. Retornat a Barcelona, l’any 1902 exposa a la Sala Parés un conjunt d’aquests paisatges parisencs, que constitueixen la primera mostra purament impressionista de l’art català.
Profundament decebut pel poc èxit comercial assolit, l’any 1903 Marià Pidelaserra decideix passar una temporada al Montseny, concretament al santuari de Sant Segimon, on practica el puntillisme, una de les variants evolucionades de l’impressionisme. Entre la sèrie de pintures del Montseny, moltes de les quals es troben en col·leccions particulars, destaca un quadre d’un faig -que va entusiasmar el peculiar filòsof Francesc Pujols i que entronca amb la pintura de Vincent Van Gogh-, una vista de Sant Segimon i el quadre Muntanyes des del Montseny. Dia serè al matí, exposat al MNAC i que il·lustra aquest article.
En el llibre de Carles Albesa El Montseny com a pretext es detalla aquesta estada a Sant Segimon, que va marcar la futura trajectòria professional i personal de Pidelaserra:
“Profundament aclaparat, féu, però, un darrer intent per sobreposar-se i es va instal·lar al santuari de Sant Segimon, on en el transcurs de dos mesos va captar el paisatge del Montseny mitjançant una tècnica puntillista molt personal, que representava amb ingènua aparença de detall la vegetació de la muntanya. Aquestes pintures, les exposà aquell mateix any a l’Ateneu Barcelonès i, malgrat els elogis de Francesc Pujols, que en una conferència va parlar de les muntanyes del Montseny tancades al Saló de l’Ateneu, no va vendre cap quadre.”
Aquest nou fracàs de públic va portar Pidelaserra a abandonar temporalment la pintura i a centrar-se en el negoci familiar.
El Montseny té, doncs, un paper –tardà i indubtablement molt petit, però paper a la fi- en el moviment impressionista. No es pot atribuir ni de lluny un rol central com el de Cotlliure en l’origen del fauvisme o el de Ceret en el cubisme, però sí que va ser protagonista d’una obra trencadora i incompresa en el seu temps, que va donar lloc a una important crisi d’un gran pintor català. Al costat dels esmentats pobles de la Catalunya nord i d’altres com Horta de Sant Joan o Gósol, de gran influència en l’obra de Picasso, situem també, amb humilitat, el Sant Segimon de Pidelaserra i no podem deixar de sentir una mica d’enveja envers el pintor per haver passat uns mesos en un lloc privilegiat del Montseny, pintant amb absoluta llibertat i gaudint d’uns paisatges extraordinaris.

3.7.06

Toujours Simenon

Aquests dies dedico les poques hores que em queden lliures a llegir Imprenta moderna, l’últim volum publicat per Andrés Trapiello i dedicat a fer un repàs a l’edició i impressió de llibres a Espanya durant els dos últims segles.
Aquest volum, ni pel fons ni per la forma (edició cuidada i il·lustrada), em sembla adient com a lectura de platja i/o piscina, així que davant d’un cap de setmana dedicat a activitats aquàtiques i lectures sota un para-sol interrompudes per jocs infantils a la sorra, em va semblar raonable buscar un llibre més lleuger. I així vaig caure, un cop més, en els braços del mestre Simenon.
Però Simenon ens enganya. O som nosaltres els que ens volem enganyar. Simenon no és un escriptor lleuger ni d’entreteniment. Ni tan sols és un escriptor de gènere. Simenon és un mestre de la literatura.
El llibre en qüestió, que encara no he acabat, és una simple història del comissari Maigret. No és ni tan sols una de les anomenades novel·les dures. És fàcil de llegir, amb una senzilla trama policíaca. Però quins personatges tan ben resolts! Quina capacitat per crear ambients! Amb unes quantes pàgines Simenon t’aïlla del soroll i la calor d’una platja de la Costa Brava i et transporta als baixos fons d’un París hivernal. I tot sense grans digressions ni llargues descripcions ni llenguatge ampul·lós. Simple, dur i eficaç: així és Simenon.

Rusiñol + Pla = 100

Article publicat a El 9 Nou el 30 de juny de 2006
L’any 1994 vaig iniciar les meves col·laboracions a El 9 Nou amb un article sobre els lligams de Santiago Rusiñol i Ramon Casas amb la comarca d’Osona. Tres anys després, vaig publicar l’article De Palafrugell a Itàlia, passant per Vic, en el qual intentava aprofundir en el sentiment de Josep Pla cap a la ciutat de Vic, a través d’un text en què comparava la capital d’Osona amb la ciutat italiana de Recanati, cuna del poeta Leopardi. I l’any passat vaig defensar en aquestes mateixes pàgines el paper de la plaça de Vic com a plaça major de Catalunya, d’acord amb una afirmació del mateix Pla.
Josep Pla i Santiago Rusiñol són, doncs, dos referents culturals ineludibles per a mi, a banda de figures primordials de la cultura catalana moderna.
Doncs bé, l’atzar ha volgut que aquest any es compleixin vint-i-cinc anys de la mort de Josep Pla i setanta-cinc anys de la mort de Rusiñol. Mirant-ho fredament, això de celebrar els aniversaris de les morts no deixa de ser una mica morbós però el cert és que ens hi hem anat acostumant i així ens trobem aquest 2006 recordant novament amb publicacions, taules rodones i actes diversos Pla i Rusiñol. I com que, a diferència d’Enrique Vila-Matas, sembla que a tots plegats ens agraden tant els números rodons, no m’he pogut estar de fer una suma que no porta enlloc però que m’ha donat un títol d’article extravagant amb un número encara més rodó. I el cert és que no em desagrada aquest resultat de la suma, perquè cent és potser el número que més s’associa a la idea de tot, de conjunt, d’obra completa. I no hi ha dubte que a través de l’obra de Pla i Rusiñol podem tenir una idea bastant completa del que ha estat i és el nostre país, o com a mínim una part del país, que esperem que no acabi desapareixent.
Malgrat el salt generacional que els separava, les respectives obres i trajectòries vitals han tingut alguns paral·lelismes i, fins i tot, s’han creuat en determinats punts. Ambdós procedien de família burgesa: d’origen industrial, l’una i agrari, l’altra. Ambdós gaudien d’un caràcter vital, que ha estat font d’un nombre inacabable d’anècdotes. Ambdós van saber arribar al gran públic amb una obra de qualitat indiscutible. Ambdós han deixat una obra prolífica, fruit d’un intens treball, malgrat la seva fama de bohemis. I ambdós van sentir l’atracció de París, on van viure la bohèmia finisecular i la vida artística de Montmarte en el cas de Rusiñol, i el món literari i periodístic d’entreguerres, en el cas de Pla. Aquest pas per París, com a referent ineludible per a la formació vital i cultural, és un dels aspectes d’una determinada Catalunya que, com dèiem abans, ells ens van dibuixar i que ara ja ha desaparegut.
L’any 1931, quan la mort va sorpendre Santiago Rusiñol, tots dos es trobaven al centre d’Espanya: Rusiñol pintant els jardins d’Aranjuez i Pla escrivint cròniques sobre l’adveniment de la II República a Madrid. Pla visitava periòdicament Rusiñol, que tot i el seu estat de salut seguia conservant el sentit de l’humor. Com a gran memorialista del país que fou, Josep Pla no voler deixar d’escriure sobre una figura polièdrica i fascinant com la de Rusiñol i, l’any 1942, va publicar, lògicament en castellà, Santiago Rusiñol y su tiempo.
També Pla i Rusiñol van tenir lligams amb Osona. La família de Rusiñol era de Manlleu, on tenien la fàbrica tèxtil que finançava la seva dolça bohèmia. La figura del burgès senyor Esteve té, doncs, uns certs origens manlleuencs i en aquesta vila situa Rusiñol la seva obra Els savis de Vilatrista. Quan Rusiñol, acompanyat de Ramon Casas, va fer un viatge en bicicleta, que va donar lloc a una crònica, el recorregut escollit va ser de Vic a Barcelona. Enguany, a Manlleu, es celebra amb actes i exposicions l’any Rusiñol.
També Josep Pla centra en Osona una petita part de la seva extensa obra. Un senyor de Barcelona és un llibre centrat en els records del manlleuenc Rafael Puget i alguns dels seu llibres de viatges de vol gallinaci passen per la nostra comarca. És en un d’ells, De l’Empordanet a Andorra, que es tracen els paral·lelismes entre Vic i la Itàlia que tant estimava.
Sense caure en xovinismes comarcals podem dir, doncs, que dues figures amb una clara vocació de fer crònica d’un país, als quals recordem aquest any, no obvien una comarca com Osona que ha estat, és i ha de seguir sent un referent per Catalunya.

31.5.06

Pel bon camí

En aquests darrers dies he rebut amb agradable sorpresa dues manifestacions provinents de la jerarquia de l'Església catòlica.
D'una banda, la visita de Benet XVI al camp d'extermini d'Auschwitz i les seves preguntes en veu alta: "Per què, Senyor, vas romandre callat? Com vas poder tolerar tot això?". Aquest pensament ens siuta Ratzinger una mica més proper.
D'altra banda, les declaracions d'avui del Bisbe de Sant Feliu de Llobregat, Agustí Cortés, criticant la deslocalització de la planta de Braun i, en general, la forma de fer de les multinacionals, guiades únicament per la fredor del compte de resultats. Unes declaracions valentes i plenes de raó.

Paul Auster, altra vegada

Avui s'ha fet públic que el jurat del Premi Príncep d'Astúries de les lletres ha decidit atorgar aquest guardó a l'escriptor novaiorquès Paul Auster.
M'he alegrat de la notícia ja que considero Auster un gran creador d'històries i un bon escriptor. A més, vistos els dinosaures que acostumen a guanyar aquest tipus de premis, Auster aporta una mica d'aire fresc.
Felicitats al guanyador i al jurat.