Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Binissaida. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Binissaida. Mostrar tots els missatges

1.2.12

Presentació amb fruits

Ahir vàrem fer la presentació del Cuaderno de Binissaida. En el seu dia tenia dubtes sobre si valia la pena organitzar aquesta presentació (i més quan van irrompre uns entrebancs inesperats), però el cert és que ahir totes les prevencions es van dissipar. Em vaig sentir realment feliç, acompanyat de tants amics i persones estimades. També de fer noves i valuoses coneixences i de poder gaudir, de vegades amb una certa incomoditat -resulta difícil acostumar-se a que parlin de l'obra d'un- de la magnífica introducció del Xavier Jové.
Però les alegries d'ahir al vespre han tingut fruits i continuïtat. En arribar avui a casa, l'A. em diu que té una sorpresa per a mi. M'ensenya un foli plegat, al qual ha donat format de llibre, i m'explica que ha escrit un conte -molt curt, això sí, diu. Porta per títol El Ferrari vell (Autor: À. Il·lustracions: À.) i comença així:

Hi havia una vegada un Ferrari vell. Un dia al matí va passar un Ferrari nou i li va dir:
- Tu què fas ferralla?
Ell li respongué:
-Doncs bé.

20.1.12

Presentació de "Cuaderno de Binissaida"

Per motius aliens a l'autor, s'ha hagut de canviar el lloc de la presentació del "Cuaderno de Binissaida". Finalment tindrà lloc a la Llibreria Alibri (C/Balmes, 26 de Barcelona) el mateix dia 31 de gener a les 19:30 hores.

13.1.12

Egosurfing feliç

Qui no hagi practicat mai l'egosurfing que tiri la primera pedra. Jo en cap cas puc tirar-la, tot i que he de dir que, si algunes vegades he buscat què es pot trobar de mi a internet, ha estat més per curiositat -malsana- o per una certa temença que per narcisisme o egolatria. Darrerament, a més, les cerques s'han centrat més en les criatures -articles, escrits diversos, el Cuaderno- que no pas en el pare.
No cal dir que la majoria d'aquestes recerques han estat decebedores. Potser per fortuna els resultats han estat pocs i coneguts. Ara bé, sempre hi ha alguna excepció. De vegades en aquest exercici de surf, pots trobar-te una onada magnífica, que t'eleva i et fa lliscar sobre les seves aigües, amb els esquitxos i l'aire marí refrescant-te la cara, fins que et diposita amb suavitat sobre la sorra humida. I et sents còmode i feliç, descalç en aquesta platja que no imaginaves. En aquest cas no pots més que donar les gràcies.

20.11.11

Sobre Cuaderno de Binissaida

De vegades, l'alegria i l'orgull s'imposen a la modèstia i la prudència. Això passa avui, així que enllaço aquest text d'Andrés Trapiello i reprodueixo el següent d'Inés Martínez, ambdós sobre el Cuaderno de Binissaida.

(a)brazada literaria

En el mes de junio de 2011, la editorial sevillana Los Papeles del Sitio acabó de imprimir y coser a mano Cuaderno de Binissaida, del catalán Àlex Figueras. Poco sabemos de este escritor (aparentemente) novel. Una rápida búsqueda en Google nos engarza con un blog escrito por él, cuya primera entrada está registrada el 17 de febrero de 2006 y la última, hace apenas unas horas. Poco tendría pues de novel este autor si no fuera por su propio empeño de guarecerse bajo esta condición.
Sólo con pasear los dedos sobre este cuidado libro impreso en papel verjurado de Antalis, del que se han hecho cien ejemplares numerados a mano, el lector podrá vislumbrar el verdadero alcance de aquel Encuentro de Binissaida, del que poca cosa se dice a título informativo, pues el cuándo y el quiénes aparecen intencionadamente velados. Es el enorme hilván en hilo de seda azul que despunta en mitad del libro lo que nos retrotrae a ese mar omnipresente, enmarcado por los tres majestuosos arcos de la concurrida galería, prometido pero casi inalcanzable, que tanto anhela Figueras. ¿Qué si no es metáfora de escritura en este libro? ¿No es sino un viaje iniciático el paseo de Figueras por entre esos muros de piedra seca claustrofóbicos en su búsqueda por la pulsión de su propio mar de escritura?
El autor hace gala de un buen dominio del lenguaje. Su estilo, descriptivo, sencillo a la par que elegante, y el engranaje equilibrado de los capítulos, empuja a una lectura pausada que deja con muy buen sabor de boca. Mas el lector querría más. No sólo más escritura, sino más Figueras. Porque el autor adolece de dos debilidades: la poca convicción en su valor como escritor y la mucha supeditación al maestro, velado en el libro tras una enigmática D., pero fácilmente reconocible en la figura de Andrés Trapiello, pues las referencias a él son constantes, como la alusión al salón de pasos perdidos cuando describe el pozo que ocupa el jardín de la majestuosa casa, la transcripción del poema E.D. que el escritor leonés dedicó a Emily Dickinson y el ocultamiento de la verdadera identidad de los personajes tras una inicial seguida de punto.
La primera de esas dos debilidades aparece en la página 14, cuando el autor se sorprende ante el hecho de que el personaje I. le reconozca ya en el aeropuerto de Barcelona como uno de los asistentes a Binissaida, sita en la isla de Menorca. “Es curioso, porque yo nunca habría imaginado eso si hubiera visto a alguien como yo”, escribe el autor. Esta inseguridad en su propio ser nos lleva a la segunda de las debilidades, cuando el escritor (porque Figueras, le guste o no, es antes escritor que lector) afirma que no concibe escribir sin leer, y que es incapaz de escribir cuando enlaza una mala racha de lecturas. Siguiendo la diabólica manía de escribir de Josep Pla o haciendo fe del dicho popular catalán Que el llegir no et faci perdre l’escriptura, yo aconsejaría a Figueras que derrumbe de una vez por todas esos muros de piedra seca que lo aprisionan y busque en libertad su propia voz en la escritura.
Es pues Cuaderno de Binissaida una hermosa brazada sobre el mar de la escritura. Pero todo buen nadador que se precie sabe que un día tiene que dejar atrás las enseñanzas del instructor y que una única brazada en libertad no lleva a ninguna parte, pues es la suma de ellas lo que permite sentir la extraordinaria sensación del agua deslizándose por la piel de la escritura. La abrazada que se regaló esta enigmática comunión de personas en Binissaida es pues punto de llegada pero también punto de partida del genuino Figueras que nos queda por descubrir.

11.11.10

Notas de Binissaida (y X)

Té y naranjas

She feeds you tea and oranges canta Leonard Cohen en su bella canción Suzanne. Esta extraña combinación de té y naranjas siempre me ha resultado muy evocativa. Tiene para mí un gran lirismo y a la vez define perfectamente al personaje. Alguien capaz de invitarte a té y naranjas junto al río tiene que ser muy especial.
Té y naranjas: se me aparece en la mente una taza de té, muy suave, de color esclarecido por el sol que entra por los ventanales. Un té color de miel servido en porcelana blanca mientras el gran río fluye tras el cristal. El olor de las naranjas impregna el aire y los dedos, mezclándose con el aroma vaporoso y cálido, evanescente, del té.
Té y naranjas: una mezcla también de culturas. El té anglosajón y las naranjas mediterráneas, ambos con un poso oriental, que se conjugan a la perfección, cambiando naranja por bergamota, en la sabia mezcla del conde Grey.
Esta poética combinación de té y naranjas me sirve también de imagen de esta isla. El té de los ingleses y las naranjas de los locales. No cuesta imaginarse a los gobernadores, militares, funcionarios del imperio británico tomándose sus tazas de té allí donde iban. También por estos lares. Por el contrario, parece que hay pocos naranjos en Menorca, aunque al visitante ocasional no le resultaría extraña su presencia en el paisaje de la isla. Con una pizca de ficción veo grandes huertos de naranjos, con sus hojas de un verde punzante, y al fondo el mar y el cielo límpido.
Un paisaje simbólico que podríamos haber contemplado perfectamente desde la galería de Binissaida con una taza de té, que algunos sí tomamos, en la mano.

Leonard Cohen canta Suzanne:

2.11.10

Notas de Binissaida (IX)

La galería
Galería, terraza, eixida, porche, soportal. No sé cuál es el nombre más adecuado para definir esta estancia donde todo ocurre. Tres arcos, tres, la abren a un mundo de luz y aire, un paisaje de jardín, campos y mar, como un decorado teatral con tres niveles.
Al alba, el sol aparece ocultando su luz bajo un disfraz japonés de disco anaranjado. La fortuna sonríe a los madrugadores que ven como el sol va regalando esa luz escondida a la isla, que despierta así de su suave sueño.
La larga mesa, desnuda a esa hora, descansa del ajetreo de palabras de que es testigo callado durante el día. El mármol cándido duerme aún como un niño. No perturbemos su descanso.
Las puertas verdes, con sus vidrios antiguos e imperfectos que aprisionan pequeñas burbujas de aire de otros siglos, permanecen todavía cerradas. Sólo las hormigas han iniciado su actividad, formando sus filas paramilitares. Las cigarras aún duermen.
Las piedras que descansan en las blancas estanterías de obra parecen más inmóviles que nunca. Fósiles, prismas minerales, rocas marinas de formas caprichosas son la sobria y a la vez caprichosa decoración de esta estancia. Al mismo tiempo que las palabras vayan fluyendo valdrá la pena evadirse en algún momento observando sus formas y vericuetos, en una huida mental que llegará a confundirse con el discurso oral.
Pronto la casa empezará a despertar. Aromas de café y tostadas, tintineo de tazas, saludos matutinos, murmullos que acabarán siendo carcajadas y trajín de sillas. La mesa de mármol acogerá de nuevo libros y papeles, testimonios literarios. Mientras, los tres arcos de la elegante galería enmarcarán la vida.

25.10.10

Notas de Binissaida (VIII)

Un jardín en septiembre

La casa vecina es aún más majestuosa que Binissaida de Devant. No recuerdo su nombre, si es que lo tiene, pero sí su visión imponente viniendo desde la carretera: sus ornamentaciones en forma de arco enmarcando las ventanas, su blanca capilla coronada por una imagen de la Virgen, el antiguo abrevadero de piedra junto a la entrada.
Desde el camí de cavalls que pasa junto a la finca se puede ver bien el jardín. Recuerdo bien su piscina, las macetas con flores, algunos arbustos… Pero estos detalles carecen de importancia. Si algo llama la atención en este jardín es su soledad. No abandono, puesto que está perfectamente cuidado, pero sí soledad.
Recuerdo que de niño, en la siempre bulliciosa casa de mis padres, llegaba un día de septiembre en el que el ajetreo estival terminaba súbitamente. Mis hermanos mayores volvían a la ciudad a estudiar, las visitas de parientes y amigos cesaban, la calle quedaba casi vacía de coches. Esto me provocaba una gran tristeza, tan intensa como fugaz, puesto que pronto quedaba olvidada por la rutina de un nuevo curso.
La soledad de este jardín produce una impresión similar. No tanto por estar vacío como por su apariencia de haber tenido muy recientemente una vida intensa, que acabó, con toda seguridad, al morir agosto. No es difícil imaginar –basta con cerrar los ojos- a niños bañándose en esa piscina, oír los gritos inseparables de ese baño feliz. Tampoco resulta extraño representarse a los padres leyendo sus libros en las hamacas o a la abuela trajinando en la cocina, dirigiendo las labores del servicio.
Los ecos de todos estos habitantes estivales resuenan aún en el jardín de esta noble casa menorquina, aunque con el paso de los días de septiembre sus voces se van apagando, del mismo modo que al tirar una piedra a un río las ondas concéntricas van difuminándose al correr el tiempo.
Historias de jardines vacíos en septiembre, imágenes de poesía de Eloy Sánchez Rosillo: esto es lo que ve, intuye o imagina el paseante que se adentra solo por estos caminos llenos de piedras y fantasmas.

19.10.10

Notas de Binissaida (VII)

Emily Dickinson

Imposible que no saliera estos días el nombre de Emily Dickinson. Conozco muy poco su poesía. Una tarde M. trae el pequeño volumen de versiones al castellano que hizo Marià Manent. Lo tomo prestado y aprovecho los ratos libres para leer algunos poemas. Lo hago en el banco de piedra que hay bajo una encina –creo que he hablado ya de él-, donde es posible ver sin ser visto. Algunos poemas me resultan herméticos pero otros explotan con sensibilidad extrema. En una de las páginas hay un post-it amarillo. Marca Morí por la belleza. Seguramente es uno de los más bellos.

Morí por la Belleza

Morí por la Belleza, pero apenas
en la tumba yacía,
a uno que murió por la Verdad dejaron
en la estancia contigua.

Me preguntó en voz baja la causa de mi muerte.
”Por la Belleza -dije-he fallecido.”
”Y yo, por la Verdad: las dos son una;
somos hermanos”, dijo.

Así, a través de la pared hablamos,
como unos allegados que se encuentran de noche,
hasta que el musgo nos llegó a los labios
y cubrió nuestros nombres.


Unas semanas después, en casa, hojeo el volumen sobre Andrés Trapiello de la colección Últimos Contemporáneos editado por Calambur en 1993. Hay un texto precioso de Marià Manent , del año 86, titulado precisamente Andrés Trapiello y Emily Dickinson, que transcribe el poema E.D. de Trapiello descrito así por el poeta catalán: “es una composición donde la voz de ella se escucha de manera tan auténtica, que nos haría dudar de si se trata de una traducción. No lo es, pero podría figurar entre los mejores cincuenta poemas de Emily”. És este:

E.D.

Mírame aún. Creció musgo en mis labios.
y en los inviernos crudos me visita la nieve.
Siéntate, viajero, a mi lado.
Cuando la lluvia arranca plateadas
coronas de la piedra y silenciosa
en el ciprés muere la tarde, sólo
de ti me acuerdo. Pero tú estás lejos.
Pasa tu mano por mi nombre y quita
las hojas amarillas que lo cubren,
y los pétalos secos de esas flores
antiguas. Llámame después y dime
si el viento de esos campos lo ha borrado
o si tiembla en el aire todavía
como el romero verde.

Un poema que tiene como referente indiscutible el anterior y que deja claro que estamos ante –cito de nuevo a Manent- “uno de los poetas más delicados y profundos de los que escriben actualmente en lengua castellana”.

15.10.10

Notas de Binissaida (VI)


El mar

Aunque su luz es firme, el sol empieza ya a descender. La tarde tiene aún larga vida, pero la brisa suaviza el calor de este sol de septiembre que ha perdido la ferocidad de meses precedentes.
Tomo esta vez el camí de cavalls en una dirección que parece ir hacia el mar. Los muros de piedra seca que lo protegen son admirables y no están exentos de belleza, pero resultan un tanto claustrofóbicos. Marcan la ruta con disciplina férrea, sin dar ninguna opción a la huida. Con la cabeza erguida intento disfrutar del paisaje circundante.
Suavemente, el camino empieza a tomar una deriva que lo aleja de la perpendicular al mar, convirtiéndose a medida que avanzan los pasos casi en paralelo a la línea de la costa. El mar empieza a ser una quimera. Paso entretanto junto a un portón alto y opaco que delata la presencia de un caserón. Unas palmeras lo visten de indiano.
El camino avanza oblicuo y se aproxima ligeramente a la línea del mar, aunque ningún indicio asegura que lo alcance y el muro parece infranqueable. Vistas desde esta cárcel de piedra las aguas del mar se muestran más puras y azules que nunca, por inalcanzables. Me aproximo a una antigua torre vigía, construida también en piedra, de época colonial británica. Resulta paradójico que una construcción tan sumamente rústica y local tenga pedigrí inglés. Debió de ser duro el exilio de los gobernadores y oficiales que cambiaron jardines y bailes en Mayfair por piedras y tramontana en Menorca. Nada más sorprendente que encontrar en las carreteras de esta isla indicaciones con nombres como Marlborough, ecos extraviados de la distante Albión.
Junto a la torre se obra el milagro: el muro semiderruido del camí de cavalls nos invita a desertar de su marcaje militar para poder llegar hasta el mar. La costa aquí es abrupta, moldeada por el viento y las olas. Pequeñas sendas sinuosas, entre espinos, trazan recorridos caprichosos. Intento llegar a las rocas más bajas para poder acceder a este mar prometido y casi pecaminoso, pero todos las rutas parecen inaccesibles.
Obstinado, hago y deshago caminos, asciendo y desciendo peñascos. Al final, consigo acercarme a unas casas blancas, sencillas, como de pueblo levantino. Y veo, cerca de allí, algunas figuras junto al agua. Intuyo la ruta para alcanzarlas y lo consigo. Son una pareja de jóvenes y, curiosamente, una familia hindú. El mar dibuja en este punto una entrada estrecha, como una pequeña ría. Su final y el pueblo que baña resultan desde aquí imperceptibles.
Me reciben las aguas del mar custodiadas por rocas negras, de forma caprichosa, que dan al paraje aspecto de costa irlandesa. Las algas que las cubren son también oscuras, viscosas, poco de fiar. El agua, aunque limpia, tiene una negritud petrolífera. Ha perdido el carácter virginal con que se anunciaba. Caminar descalzo sobre estas peñas estriadas y punzantes es un calvario, pero es la penitencia a pagar para entrar, al fin, en este mar tan deseado que a la hora de la verdad se ha vestido de luto.A pesar de todo, bañarse aquí no decepciona. El frescor del agua resulta reconfortante después del camino recorrido. Aspiro su carácter salino. Nado sin mucha convicción. Me sumerjo. Pienso que un adulto bañándose resulta siempre un poco pueril. Veo pasar alguna embarcación de recreo y las vacaciones de sus tripulantes me parecen absolutamente extemporáneas. Llega un pescador con su perro. Los hindús se van. Yo salgo del agua con el ritual cumplido. Me seco, de pie, al sol y regreso a Binissaida

11.10.10

Notas de Binissaida (V)


Lectores y escritores

En el profundo mar de explicaciones, citas, anécdotas, puntos de vista y –seguro que malgré lui- consejos por el nos hace navegar A., nos sacude de golpe una ola inesperada. Nos dice A. que, al final, hay que escoger entre ser escritor o lector. O mejor dicho, que siempre una de las dos facetas acaba imponiéndose. Se trata más de preponderancia que de elección.
Inicialmente me parece una absoluta paradoja. Considero indisociable la lectura de la escritura. Incluso desde el punto de vista más técnico (no me gusta usar aquí esta palabra pero es la única que encuentro), la lectura resulta fundamental para el escritor. No concibo escribir sin leer y soy incapaz de escribir cuando enlazo una mala racha de lecturas.
Sin embargo, una reflexión más profunda me hace ver el punto de verdad de la cuestión. La pulsión de la escritura –la diabòlica mania d’escriure que decía Josep Pla- se lo acaba llevando todo por delante, lecturas incluidas. Siempre hay momentos en que se debe elegir entre coger un cuaderno o un libro, y ahí aparece el escritor o el lector.
Que el llegir no et faci perdre l’escriure se dice popularmente en catalán cuando se quiere expresar lo inapropiado de dejarse llevar por lo secundario frente a lo esencial. Es decir, aunque el origen de la expresión vaya seguro por otros derroteros, el conocimiento popular utiliza esta dicotomía como muestra de la necesidad de escoger lo principal. Y curiosamente lo principal es escribir.

8.10.10

Notas de Binissaida (IV)


La vi por primera vez en la cola del aeropuerto. Estaba justo delante de mí. Me gusta imaginar, inventar, vidas ajenas, aunque en este caso se trataba sólo de adivinar quién podría venir a Binissaida. Y pensé que podía ser su caso. Luego me confesó que había pensado lo mismo de mí. Es curioso porque yo nunca habría imaginado eso si hubiera visto a alguien como yo.
Después nos presentamos y fuimos juntos, también con X, en el taxi que nos trajo a la casa desde el aeropuerto. Nos dijo que era periodista y que trabajaba en un museo. Observo alguna prevención hacia los periodistas, ya que con frecuencia son demasiado abiertos, audaces, inquisitivos, orgullosos en su osadía. Sin embargo, con I en seguida me sentí cómodo. Nos instalamos en la casa y fuimos los tres a la playa. Frente al mar, que en Les Olles perdía casi su condición encerrado en un cuenco de roca volcánica, y más tarde comiendo, nos fuimos contando pedazos de nuestras vidas. Éramos tres extraños que de pronto nos confesábamos hechos y sentimientos muy personales. Es curioso que esto ocurra.
I -esto no es ningún secreto- ama el mar y la isla. En el agua vi su cara de felicidad. Incluso se le transformó el semblante, se le agudizaron las facciones. Después, con la atención extrema de quien quiere escribir, la fui observando con más detalle.
Creo que, ante todo, I transmite calma. Su voz suave, con un acento muy especial que acaricia y alarga las palabras, le ayuda a ello. Aunque no puede abstraerse del carácter inquisitivo de su profesión, formula sus preguntas demoledoras con un tono de proximidad e ingenuidad. No es difícil empatizar con ella. Olvida los nombres pero mima a las personas con sus palabras amables. Ríe a menudo, con una sonrisa franca y rotunda como una tajada de sandía. Y come, I tiene hambre y come.
Resulta paradójico que en una sociedad profundamente hedonista como la nuestra tener hambre y comer en consecuencia esté casi mal visto. La gastronomía se eleva a los altares del arte pero parece que hay que comer poco y con una cierta displicencia. Yo no soy de esos y siempre me hace feliz encontrar a quien me acompañe en el comer sin complejos.
I, su risa, sus diademas, sus ganas de comer, sus preguntas, su vitalidad, sus brazadas en el mar, su Menorca quedarán para siempre como imagen de esos días

4.10.10

Notas de Binissaida (III)


El hombre de la moto

Durante uno de mis paseos matinales tomo un camino señalado como prohibido. No acostumbro a saltarme las prohibiciones pero ésta me parece que no va conmigo. No se trata de transgredir, simplemente estamos viviendo unos días fuera del mundo, en un cierto limbo. Así que sigo caminando en dirección al mar. La senda pasa entre antiguos campos de cultivo olvidados y omnipresentes paredes de piedra seca, que forman cercas donde pastan algunos asnos. Es imposible no abstraerse al mundo literario que nos acompaña estos días y pensar, sí, en Platero.
El camino prohibido sigue hasta llegar a la gran puerta, abierta pero disuasoria, del jardín de una lujosa casa de vacaciones. Esta vez, sobrepasarla me parece fuera de lugar: una cámara de seguridad resulta intimidatoria. Truncado mi paseo hacia el mar –siempre omnipresente- deshago mi camino sin pesar. El aire matutino reconforta, el silencio acompaña, el paisaje libera. El sentido de los pasos no importa.
Voy divagando, siempre con los sentidos alerta, hasta que oigo el rugir de un motor. Proviene de un ciclomotor viejo. Lo conduce un hombre de edad igualmente avanzada, con pocos dientes, del país. Le hago señas para que pare y le pregunto cómo llegar hasta el mar. Me responde en un catalán que casi pierde su nombre diluido en un marcado acento menorquín. Me cuenta que hay que pasar por la gran casa que me ha barrado el paso, siguiendo un camino utilizado desde siempre. Con cierto pesar, explica que a los propietarios ahora no les gusta que la gente pase y que él se encarga de vigilar. No obstante, me señala la ruta con amabilidad y me dice que puedo pasar, con discreción. Entablamos conversación. Su sinceridad y candidez me parecen extraordinarias, posibles sólo en lugares como éste. Pienso que le sería difícil sobrevivir en otros hábitats. Le doy las gracias pero sigo mi camino hacia nuestra casa, pensando que me he encontrado con un alma noble, antigua, de otros tiempos. Más valiosa que el mar.

30.9.10

Notas de Binissaida (II)


Un detalle: el hibisco

En un rincón, sobre una mesita de mármol, sin que nadie se fije en ella, hay una flor de hibisco en un pequeño jarrón. Está allí desde ayer y lo que hace un día era belleza y plenitud hoy es decadencia y fin. A. habla y concentra toda la atención en sus palabras. Todos somos ajenos al nimio detalle de la flor de hibisco marchita.
El hilo de las palabras deriva hacia Rimbaud. A. expresa su convencimiento que el poeta francés, tan adorado en épocas recientes, está perdiendo con justicia su lugar en el Olimpo. Pienso en él como en una estatua de Lenin tambaleándose durante las manifestaciones que siguieron a la caída de la Unión Soviética. Súbitamente, con un ruido de terciopelo, la flor de hibisco cae y no puedo dejar de sonreír ante el simbolismo de la coincidencia.

29.9.10

Notas de Binissaida (I)

Començo a publicar alguns textos que vaig escriure a Menorca i d’altres que aniran sortint després, relacionats amb aquells dies. No sé si encaixaran gaire amb la línia del bloc, però farem la prova. Els he titulat Notas de Binissaida.
Veureu que estan escrits en castellà perquè és la llengua amb què vaig treballar aquells dies. Els textos nous també seran en castellà per mantenir una certa coherència en aquestes notes. Les fotografies són d’Elena Fernández.
Aquest és el primer text.



La casa

Binissaida de Devant. Los azulejos blancos que dan la bienvenida a la casa no están, ni por asomo, a su altura. Sus letras azules e inelegantes no encajan con la nobleza simple del muro de piedra seca que las acoge. Y están lejos de la belleza antigua que reina en toda la finca.
La casa es grande, blanca, señorial, vieja. Se asemeja a una aristócrata que, de vuelta de todo, pase sus días leyendo junto a un ventanal y recogiendo higos mientras habla con la gente del campo. Imagino a esta ficticia dama vestida con una falda ancha y con el pelo gris recogido en un moño. También me hace pensar –la casa- en una vasija o un cántaro moldeado y cocido por un viejo alfarero.
La cal de las paredes, irregulares y rugosas, no se decide a desconcharse. Los suelos de arcilla nos hablan de viejos tejares. Las vigas de madera tienen el recuerdo de años y años de tramontana. La galería mira al mar y sus tres arcos son un ejemplo de sabiduría antigua. Maison de maître llaman los franceses a sus caserones más nobles y el término no puede expresar mejor la maestría de quien concibió este tipo de casas. Una sonrisa amarga asoma en mis labios cuando pienso en las cabezas laureadas de eximios arquitectos contemporáneos –o en las togas que visten de cum laude a cocineros endiosados- mientras los viejos artesanos permanecieron ocultos con sus plomadas y sus fogones.
Una escalera baja de la galería al jardín. Ante ella, un gran pino da sombra a una mesa rodeada de sillas. La brisa siempre refresca este lugar, donde me gusta sentarme a escribir. Mientras escribo, solo, siempre veo pasar a alguien con quien intercambiar saludos, frases, bromas. Una inscripción -SP- delata, según me cuentan, que algunas de estas sillas pertenecieron al parque del Retiro de Madrid. Queda abierta la novela sobre cómo llegaron hasta aquí.




Más allá, los antiguos establos de piedra, vacíos, me hacen pensar en el refectorio de un monasterio abandonado. Sobre sus arcadas, el guiño lúdico de una canasta de baloncesto. ¡Lo qué habría dado por una pelota con la que tirar al aro y retroceder así veinticinco años en el calendario! Pienso esto leyendo bajo una encina en el banco de piedra cercano. Leer allí, oculto, es agradable, aunque no puedo dejar de pensar que el lugar estaría mejor aprovechado por una pareja besándose en plena pulsión adolescente.
Dejando atrás estos rincones llegamos al centro del jardín, ocupado por un pozo rodeado, con elegancia, por cuatro bancos de piedra que dibujan un círculo perfecto. Tiene este jardín concepción de claustro, aunque el blanco inmaculado del conjunto le da un aire más andaluz que cisterciense. La belleza de este punto lo acerca a una perfección que resulta engañosa. Las omnipresentes hormigas señorean especialmente este lugar, atacando sin piedad al desdichado que ose sentarse en esos bancos, que resultan así estériles. Es lugar, pues, de paso y de paseo, salón de pasos perdidos de maestros y discípulos, de tutores y tutorías, de dudas y respuestas, de heridas y de vendas.
Binissaida de Devant, con su falta de ortografía, afrancesando curiosamente el catalán de esta isla inglesa, será para siempre pasado y recuerdo, lugar donde ya nunca más estaremos todos juntos. Punto de llegada fue y punto de partida será.

22.9.10

Sense títol

Per poc que un es distregui el bloc es descuida i aquest paisatge, sense nou planter, queda erm. Llavors un es pregunta: qui voldrà passejar per aquests paratges si no tenim res nou per oferir?
De vegades, això ha quedat dies i setmanes abandonat sense excuses plausibles, però ara sí que n’hi ha.
Passar uns dies –quatre- allunyat del món real per aprendre i escriure, dos verbs gairebé insuperables. Gaudir del millor mestre i de companys extraordinaris. Viure en un indret de bellesa antiga. I començar –o intentar-ho- una nova etapa en l’escriptura.
Perdoneu, lectors, el to místic d’aquest text. Però és el que toca.
No sé si el que he escrit aquests dies a Binissaida és el més idoni per a aquest bloc, però en tot cas intentaré deixar per aquí algun retall d’aquesta experiència.