Reprodueixo l'article de Joan de Sagarra publicat el diumenge 4 de març a La Vanguardia. És un article rodó. És l'article que m'agradaria escriure algun dia.
Crónica de Perpiñán
El jueves me fui a Perpiñán a ver La môme, la película de Olivier Dahan sobre la Piaf (les hablaré de ella en el suplemento Cultura/s, el próximo día 28). Cogí el talgo de las 8.45 y llegué a la estación de Perpiñán a las 11.42. Un recorrido de tres horas que se hace pesado, sobre todo al regreso. Dicen que con el AVE no llegará a la hora. Me fui al Hôtel de France, un hotel de tres estrellas que hay en el Quai Sadi Carnot, a un paso del Castillet. No había reservado habitación pero, tal y como había previsto, no tuve ninguna dificultad en encontrar una libre, la 107, 66 euros por una noche, más un euro de taxe du sejour.
El Hôtel de France se cae a pedazos, pero sigue siendo mi hotel. Es, con la terraza del Grand Café de la Bourse, frente a la Lonja, mi principal referencia perpiñanesa. En ese hotel solía encontrarme con el presidente Tarradellas durante los últimos años del franquismo (y con una novia perpiñanesa que tuve cuando era jovencito). La última vez que estuve en el Hôtel de France las fotografías de los presidentes Macià y Tarradellas estaban colgadas en un lugar preferente, frente a la recepción; ahora han sido relegadas al primer piso, en un rincón oscuro, junto al ascensor. En mi última visita todavía vivía la señora Antonia Macià, mi querida Antonieta, y recuerdo que el conserje, un chico muy simpático, me dijo: "La señora marquesa (la marquesa viuda de Tarradellas) todavía nos visita de tarde en tarde".
La habitación 107 es una habitación correcta. Han cambiado el baño, tiene televisión (cuando llego la enchufo y veo a Cuní hablando del etarra De Juana Chaos), pero ha desaparecido el mueble bar. La última vez que estuve en ese hotel era un primero de julio, la temperatura era de 38 grados y en la neverita sólo había un par de botellitas de agua y media docena de esas infectas bebidas enlatadas de la familia de las colas.
Ni una gota de alcohol. Me doy una ducha y bajo a la recepción. La señora me pregunta si me ha gustado la habitación. Cortésmente, le respondo que sí, y la señora me dice que es la misma habitación que había ocupado el aviador y escritor Antoine de St.-Exupéry en uno de sus últimos vuelos a Perpiñán, poco antes de su desaparición en las aguas del Mediterráneo. Compro L'Indepéndent en un quiosco y me voy a tomar una copa en la terraza del Gran Café de la Poste, junto al Castillet, a la salud de Saint-Exupéry.
Jamás formé parte de aquella parroquia que, los fines de semana del franquismo, subía a Perpiñán a comprar queso y libros de El Ruedo Ibérico, a ver cine marxista y algún que otro filme porno, y fotografiarse bajo la senyera del Castellet con toda la parentela embelesada, tanto si quieres como si no. Mientras me tomo mi whisky veo pasar un montón de cochecitos con bebés y de chicas embarazadas. Perpiñán está cambiando, me digo para mí. Me tomo una segunda copa y me voy a Le Vauban, una brasserie situada en el Quai del mismo nombre, donde la señora del hotel me ha dicho que se come muy decentemente. El plato del día es una lubina salvaje al horno con un arroz con chorizo (26 euros). El pescado está riquísimo, pero el arroz está demasiado hecho, parece una pasteta, aunque de sabor no está mal. Me lo sirven con una botella de Chablis. Mientras me tomo el café con un marc de Banyuls y enciendo mi primer habano (en el talgo no se fuma), rodeado de funcionarios de la Prefectura y de los juzgados, me siento extraño. ¿Qué demonios haces en Perpiñán, me digo, yendo a ver una película de la Piaf? Luego me entero de que la Piaf también durmió en el Hôtel de France. En la habitación vecina a la mía.
Siempre me he sentido un poco incómodo en Perpiñán. Aparte de mi novia perpiñanesa, del presidente Tarradellas y de algún amigo, como el filósofo Joan Borrell (Tuïr 1938, París 1992), con el que solía encontrarme más en París que en Perpiñán, apenas tengo memoria de la ciudad. Nada me ata a ella. Pero eso no explicaría mi incomodidad. Mi incomodidad me viene, creo, de un antepasado, un tal François de Sagarra "second president mortier du Conseil Souverain du Roussillon, gouverneur des comtes de Cerdagne et de Roussillon, sous le règne de Louis XIV", el llamado Scarpia catalán, el gran traidor. És un Sagarràs! es un insulto que, por suerte, ya no se oye en las calles de Perpiñán. "Sagarra -escribe un historiador- n'existe plus qu'à létat de fantôme, errant, la nuit, dans les alées désertes de l'ancien palais de la Diputation, siège de la Royale Audience et de la cour du Conseil Souverain".
Yo creía que la película la pasaban en el Castillet, junto a mi hotel, pero resulta que aquel cine en el que los barceloneses iban a ver El último tango en París, actualmente está en obras, y La môme, la película sobre la vida de la Piaf, sólo la pasan en dos megacines, en el Méga Castillet, en la carretera de Argelès, a unos siete kilómetros de Perpiñán, y en el Méga CGR, en Rivesaltes, un poquitín más lejos. Cojo un taxi y me voy al Méga Castillet. El trayecto me cuesta el doble de lo que me costará la entrada al cine. Le pregunto al taxista si hay algún autobús para regresar a la ciudad. El taxista me dice que cuando termine la película (que dura dos largas horas, a las 21.30), ya no hay servicio de autobús. Así que quedo con el taxista para que me recoja a esa hora, en la puerta del cine. A la hora convenida, el taxi no aparece. Aguardo una media hora y decido ir a cenar algo y luego llamar a un taxi para que me devuelva a Perpiñán. Puedo escoger entre una pizzería,un tex-mex, una crepería, una marisquería, un bar de tapas y un restaurante en el que sirven carnes a la brasa. Escojo este último. La Boucherie, donde me regalan con un buen filete de buey con una botella de Château Valmy, un tinto de Argelès, y pido un taxi que llega justo cuando termino el café. El trayecto de regreso me cuesta casi el doble que el de la ida, pues se aplica la tarifa nocturna. Con el taxista comentamos que es una vergüenza que para ver una película en Perpiñán uno tenga que hacer siete kilómetros en coche (en la ciudad sólo funciona un cine, de arte y ensayo, el Rive Gauche, del mismo propietario que el Castillet y el Méga Castillet). El taxi me deja en la plaza Arago. Es cerca de medianoche y todas las terrazas están cerradas. Recorro el Quai Sadi Carnot como si fuese el fantasma de François de Sagarra, subo por la calle Louis Blanc y me instalo en la terraza del Gran Café de la Bourse, que por suerte permanece abierta. Estoy solo, pido un Ballantines con hielo (9.80 euros, un robo), y me lo bebo tranquilamente -la temperatura es ideal- mientras le guiño el ojo a la Venus de bronce de Maillol. Ya en el hotel, me acuesto y sueño con una Piaf con el rostro del pequeño Príncipe, una Piaf drogada, deshecha, cantando el Non, je ne regrette rien antes de caer desplomada en el escenario del Olympia. A la mañana siguiente me doy un garbeo por las paradas de frutas y verduras de la plaza de la República. En una tienda, una viejecita con un bulldog francés, casi tan diminuto como ella, compra medio kilo de caracoles. "Ils sont pour la petitte", dice la viejecita señalando al animalito, "elle les aime bien". En otra tienda me compro un tarro de Couilles du Pape, confitura de higos de la Provenza, y me siento a tomar una copa en el Gran Café (aquí todos los cafés son grandes) de la Paix, frente a una mesa donde unos chicos con camisetas de los Dragons Catalans hablan de rugby. Escucho su conversación con interés, con simpatía y, por un momento dudo en acercarme a ellos y sumarme a la misma. Soy injusto con Perpiñán. Sí que tengo una memoria perpiñanesa, amén de mi antigua novia, del presidente Tarradellas, de mi amigo Joan Borrell y del fantasma del traidor de mi antepasado. Porque si bien no fui jamás a ver una película marxista o una película porno, he pasado alguna que otra espléndida tarde en el campo del USAP. A mí me gusta el rugby, sí señor (y he de agradecerle a Rafael Ramos su crónica del domingo pasado sobre "la gran venganza irlandesa" frente a Inglaterra, en Croke Park. Es de agradecer que en La Vanguardia escriban y escriban bien sobre rugby).
Por la tarde, antes de coger el tren de regreso a Barcelona, fui a dar una ojeada al Fnac, en el viejo edificio de Aux Dames de France. Me compré el último disco del joven Aznavour, Colore ma vie , una grabación realizada en Cuba con Chucho Valdés, y, cómo no, una reedición de Le temps des Boni , de Denis Lalanne (la primera edición la perdí), donde el gran periodista de L' Équipe narra la vida y hazañas de los hermanos Guy y André Boniface, los célebres Boni, una leyenda del rugby francés de los años cincuenta y sesenta. Del rugby-cassoulet, como decíamos entonces, cuando yo iba a Perpiñán a ver jugar al USAP y era feliz.
Joan de Sagarra
6.3.07
1.3.07
Una història massa real
Posem que hi ha un país on els trens funcionen molt malament, amb avaries diàries. Posem que en aquest país molta gent ha d’agafar el cotxe perquè el deficient servei ferroviari no dóna resposta a les seves necessitats. Posem que l’administració que ha de solucionar aquests problemes es dedica a fer acte públic de contricció però no soluciona res. Posem que l’administració més propera als ciutadans d’aquest país en lloc d’exigir responsabilitats i respostes immediates a l’administració responsable del servei ferroviari amaga el cap sota l’ala com un estruç. Posem que, a sobre, totes aquestes administracions es dediquen a posar traves a l’ús del cotxe particular que resulta que és l’única solució que tenen els ciutadans per arribar a la seva feina, complir amb les seves obligacions laborals i fer avançar el país. Posem que alguns d’aquests ciutadans comencen a estar-ne una mica tips i convoquen un tímid acte de protesta: no pagar el bitllet de tren un dia concret; no fins que se solucionin els problemes, com han fet en altres països i com s’hauria d’haver fet aquí, un únic i esquifit dia. Doncs bé, posem que el seguiment d’aquesta protesta és pràcticament nul: tothom calla i paga. Posem que aquest país és Catalunya i aquest és el caràcter dels catalans.
21.2.07
Dues cites del pintor Ramón Gaya
”...yo no he dicho que la Modernidad no exista, sino tan sólo que no importa, que no puede importarnos, porque eso tan endeble, tan de superficie, tan de pasada, que llamamos Modernidad, no tiene valor propio, valiosa sustancia propia. La Modernidad no es, no puede ser -nunca-, valor, como frívola y descuidadamentente hemos terminado por suponer, la modernidad no puede ser más que un simple estado por el que pasan- y pasan irremediablemente- las más o menos pobres obras de arte nuestras, pero sin formar parte- carne- de ellas...” R. Gaya, 1978
"La desdicha del arte moderno, por el contrario, es haber creído ingenuamente, tontamente, en una especie de actualidad ingeniosa, más o menos inédita, que se llamaría, un tanto militarmente, 'las vanguardias'. El cubismo es, acaso, el 'movimiento' más noble, más pictórico de nuestro pobre siglo XX, pues todo lo que viene después -dadaísmo, expresionismo, surrealismo...- no es más que un constante galimatías falso, artificioso. Completamente inútil, además. Porque la Pintura es siempre ella misma." R. Gaya, 1997
"La desdicha del arte moderno, por el contrario, es haber creído ingenuamente, tontamente, en una especie de actualidad ingeniosa, más o menos inédita, que se llamaría, un tanto militarmente, 'las vanguardias'. El cubismo es, acaso, el 'movimiento' más noble, más pictórico de nuestro pobre siglo XX, pues todo lo que viene después -dadaísmo, expresionismo, surrealismo...- no es más que un constante galimatías falso, artificioso. Completamente inútil, además. Porque la Pintura es siempre ella misma." R. Gaya, 1997
El suplente del suplente

Mai se m’han donat bé els comentaris de llibres o de pel·lícules. Em resulta molt difícil explicar perquè un determinat llibre m’ha agradat. Normalment quan algun llibre o autor m’agraden és perquè hi trobo algun tipus de complicitat, ja sigui amb els temes, l’estil o la manera de pensar, que me’l fa interessant. Intentar transmetre-ho em resulta molt complicat i fàcilment caic en les frases buides i sense sentit d’una determinada crítica literària i, sobretot, artística. Sempre m’han fet molta gràcia els textos que acostumen a acompanyar els catàlegs de les exposicions pictòriques. I si es tracta de pintura abstracte, encara més. Normalment són expressions del tipus “l’artista explora amb aquestes obres una realitat fugissera i incòmoda, projectant un món interior viu i incontrolable”. Possiblement aquests textos només siguin superats per algunes descripcions del tast d’una ampolla de vi.
Doncs bé, quan comento un llibre em fa por caure en aquest tipus de paranys. Durant el batxillerat ja no se’m donaven bé els comentaris de text, encara que llavors potser era per altres motius. Tot s’havia de fer perfectament estructurat: títol, resum, moviment literari, recursos estilístics emprats, opinió personal,... Tot encorsetat i sense espai a la creativitat. Aquest esquema te l’imposava el professor de llengua i després venia el de filosofia i et col·locava un altre esquema igualment militaritzat però diferent. Au, home!
Però m’estic escapant de l’objectiu d’aquest text, que era comentar el darrer llibre que he llegit, El suplente del suplente, de Xavier Calicó. L’autor, segons se’ns diu en les cobertes del llibre, fou un artista reconegut fa anys que, de cop, va abandonar la pintura (un Bartleby de la pintura, vaja, segons la terminologia Vila-Matas) i que es dedica a dirigir un negoci familiar de numismàtica. Amb El suplente del suplente debuta, doncs, en la literatura.
El suplente del suplente és un llibre amè, divertit i que enganxa. Ui, quina por, dirien els puristes després de llegir aquests qualificatius, però la veritat és que es tracta també d’un llibre amb una història ben teixida, uns personatges (extravagants i molt divertits) ben construïts i una ambientació decadent molt ben trobada. Tot això li confereix aquell punt d’interès i de complicitat abans esmentada essencial en una novel·la. I no m’allargo més per por de caure en tòpics i frases buides. El recomano.
Doncs bé, quan comento un llibre em fa por caure en aquest tipus de paranys. Durant el batxillerat ja no se’m donaven bé els comentaris de text, encara que llavors potser era per altres motius. Tot s’havia de fer perfectament estructurat: títol, resum, moviment literari, recursos estilístics emprats, opinió personal,... Tot encorsetat i sense espai a la creativitat. Aquest esquema te l’imposava el professor de llengua i després venia el de filosofia i et col·locava un altre esquema igualment militaritzat però diferent. Au, home!
Però m’estic escapant de l’objectiu d’aquest text, que era comentar el darrer llibre que he llegit, El suplente del suplente, de Xavier Calicó. L’autor, segons se’ns diu en les cobertes del llibre, fou un artista reconegut fa anys que, de cop, va abandonar la pintura (un Bartleby de la pintura, vaja, segons la terminologia Vila-Matas) i que es dedica a dirigir un negoci familiar de numismàtica. Amb El suplente del suplente debuta, doncs, en la literatura.
El suplente del suplente és un llibre amè, divertit i que enganxa. Ui, quina por, dirien els puristes després de llegir aquests qualificatius, però la veritat és que es tracta també d’un llibre amb una història ben teixida, uns personatges (extravagants i molt divertits) ben construïts i una ambientació decadent molt ben trobada. Tot això li confereix aquell punt d’interès i de complicitat abans esmentada essencial en una novel·la. I no m’allargo més per por de caure en tòpics i frases buides. El recomano.
16.2.07
A temps real
Potser m’estic tornant un maniàtic, però cada dia em costa més suportar determinades tonteries del nostre món. Ja sabeu que els suposats avantatges de les noves tecnologies són un dels objectius preferits de les meves invectives. I un altre blanc de les meves ires és un determinat llenguatge, ple de neologismes estúpids i d’anglicismes cutres, que s’imposa en cercles cada vegada més amplis.
Quan s’ajunten les dues coses, ja no puc més i exploto a l’estil Eto’o.
Avui he sentit a la ràdio que l’Hospital Clínic de Barcelona ha implantat una nova tecnologia mèdica que permet detectar amb gran precisió els tumors mamaris i possibilita que els cirurgians puguin observar-los a temps real. Aquesta expressió a temps real, cada vegada més estesa, és realment fascinant. M’agradaria que algú m’expliqués si existeix algun temps irreal. Potser algun científic m’ho podria explicar. Potser la teoria de la relativitat tracta aquesta qüestió. No ho sé, jo amb Heisenberg i Schrödinger em vaig començar a perdre. Ara bé, tal vegada algun autor de novel·les de ciència ficció ha arribat a imaginar un temps irreal. Ho desconec, ja que no m’interessa gens aquest gènere.
Personalment només conec tres estadis del temps: passat, present i futur. I d’ells, l’únic que pot tenir una existència més ambigua, més hipotètica, és el futur. Però en qualsevol cas, penso que també és un temps real.
Però no crec que els creadors i difusors del terme a temps real aprofundeixin en aquestes qüestions; es tracta una vegada més de vendre fum, superficialitat. A temps real, que guai. Penso que el nostre llenguatge té prou termes per expressar la mateixa idea amb propietat. En funció del context, se m’acudeixen “en el mateix moment”, “en directe”, “al mateix temps”. Però ja se sap, a temps real és més modern, més actual, més cool.
Quan s’ajunten les dues coses, ja no puc més i exploto a l’estil Eto’o.
Avui he sentit a la ràdio que l’Hospital Clínic de Barcelona ha implantat una nova tecnologia mèdica que permet detectar amb gran precisió els tumors mamaris i possibilita que els cirurgians puguin observar-los a temps real. Aquesta expressió a temps real, cada vegada més estesa, és realment fascinant. M’agradaria que algú m’expliqués si existeix algun temps irreal. Potser algun científic m’ho podria explicar. Potser la teoria de la relativitat tracta aquesta qüestió. No ho sé, jo amb Heisenberg i Schrödinger em vaig començar a perdre. Ara bé, tal vegada algun autor de novel·les de ciència ficció ha arribat a imaginar un temps irreal. Ho desconec, ja que no m’interessa gens aquest gènere.
Personalment només conec tres estadis del temps: passat, present i futur. I d’ells, l’únic que pot tenir una existència més ambigua, més hipotètica, és el futur. Però en qualsevol cas, penso que també és un temps real.
Però no crec que els creadors i difusors del terme a temps real aprofundeixin en aquestes qüestions; es tracta una vegada més de vendre fum, superficialitat. A temps real, que guai. Penso que el nostre llenguatge té prou termes per expressar la mateixa idea amb propietat. En funció del context, se m’acudeixen “en el mateix moment”, “en directe”, “al mateix temps”. Però ja se sap, a temps real és més modern, més actual, més cool.
8.2.07
Trobada curiosa
Ahir, sortint de la feina, em vaig trobar amb un d’aquests personatges que han quedat exclosos de la societat per alcoholisme, malaltia mental o ves a saber per què. Ja l’havia vist moltes vegades pel barri, rient o parlant sol, però ahir per primera vegada em va dirigir la paraula per demanar-me un duro. Li volia dir que els duros ja no existeixen però per acabar abans li vaig dir que no en tenia.
Llavors em va etzibar un: “¿Sabes para qué lo quiero? Para tomarme una cerveza”.
Jo m’esperava alguna història trista, falsa per descomptat, però davant la gran sinceritat de la resposta em vaig sentir desarmat i li vaig donar un euro. Llavors em va preguntar què feia el meu germà i davant la meva cara de sorpresa em va interrogar: “¿No tienes hermanos?”. L’absurditat de la situació anava in crescendo però no em vaig estar de contestar-li: “Sí, tengo hermanos, y están bien, pero me parece que no los conoces”.
A continuació em va preguntar, sempre amb cara de felicitat i mig burleta “cómo tenía las manzanas este año”. Més cara d’estupefacció per part meva. Però ell va continunar: “Pero manzanas puedo comer, ¿verdad? ¿Blancas o rojas?”. Li vaig dir que sí, “que comiera lo que quisiera” i aquí vaig donar per acabada la conversa. Quan ja m’escapava, va abordar un altre vianant indefens i, tot senyalant-lo, em va dir: “Mira, ha ido al peluquero”.
Un cop lliure, no vaig poder deixar de pensar en el seu somriure burleta i em va quedar el dubte de si tot plegat no era una comèdia i l’individu en qüestió no tenia res de boig. En qualsevol cas, va arreplegar un euro per una cervesa.
Llavors em va etzibar un: “¿Sabes para qué lo quiero? Para tomarme una cerveza”.
Jo m’esperava alguna història trista, falsa per descomptat, però davant la gran sinceritat de la resposta em vaig sentir desarmat i li vaig donar un euro. Llavors em va preguntar què feia el meu germà i davant la meva cara de sorpresa em va interrogar: “¿No tienes hermanos?”. L’absurditat de la situació anava in crescendo però no em vaig estar de contestar-li: “Sí, tengo hermanos, y están bien, pero me parece que no los conoces”.
A continuació em va preguntar, sempre amb cara de felicitat i mig burleta “cómo tenía las manzanas este año”. Més cara d’estupefacció per part meva. Però ell va continunar: “Pero manzanas puedo comer, ¿verdad? ¿Blancas o rojas?”. Li vaig dir que sí, “que comiera lo que quisiera” i aquí vaig donar per acabada la conversa. Quan ja m’escapava, va abordar un altre vianant indefens i, tot senyalant-lo, em va dir: “Mira, ha ido al peluquero”.
Un cop lliure, no vaig poder deixar de pensar en el seu somriure burleta i em va quedar el dubte de si tot plegat no era una comèdia i l’individu en qüestió no tenia res de boig. En qualsevol cas, va arreplegar un euro per una cervesa.
2.2.07
Els powerpoint
Durant els meus anys de facultat els professors més ineptes, en lloc d’explicar-se com Déu mana, utilitzaven el que llavors es coneixia com a transparències, una mena de fotocòpies sobre plàstic transparent que es projectaven en una pantalla. Ells passaven aquestes transparències, les anaven llegint i es quedaven tan amples. A més, deixaven aquests reculls de fotocòpies a la copisteria de la facultat i pretenien que les compréssim. I algunes vegades, per por de no passar els exàmens o pel que sigui, ho havíem arribat a fer. Realment, una de les grans alegries d’haver arribat a l’edat adulta és sentir-me a anys llums d’aquell món.
Amb als anys, la tecnologia avança però determinada estupidesa es manté. L’equivalent actual de les antigues transparències són els powerpoint. Avui en dia no hi ha conferència, presentació, xerrada o el que sigui sense el seu corresponent powerpoint amb els seus colorets i dibuixets de rigor. I emparades amb aquests powerpoint moltes d’aquestes explicacions són, em sap greu dir-ho, lamentables. Ser que aquest mitjà és necessari quan s’han de donar moltes dades i no vull dir que no es puguin utilitzar powerpoint o mitjans gràfics per donar suport a una explicació o per il·lustrar determinades qüestions, el que em sembla patètic és que es primi el mitjà per sobre del missatge i que es vulgui substituir el contingut per la imatge, el fons per la forma, la profunditat per la gracieta o el dibuixet. Trobo irrisori que ningú es plantegi si li cal o no un powerpoint per explicar-se. És com una obligació. I molts oradors es limiten a llegir el que diu la pantalla. Pràcticament es podrien absentar de la sala i deixar que l’audiència anés llegint. Mentrestant podrien preparar nous powerpoint. Francament, i malgrat honroses excepcions, penso que els bons professors, conferenciants o comunicadors en tenen prou amb les seves explicacions per captar l’atenció i l’interès. I no necessiten subproductes informàtics.
31.1.07
Javier Marías, una altra vegada
Potser perquè els que patim les infaustes conseqüències del soroll i la inoperància de determinats ajuntaments ens sentim agermanats, reprodueixo aquest article de Javier Marías:
Desde mis ventanas
Mientras escribo estas líneas, he aquí la situación: en la plaza vecina, y desde hace unos días, el Ayuntamiento de mi ciudad ha empezado a instalar una especie de carpa de circo metálica, enorme, de descomunal altura y muy fea (para entendernos: digna de Álvarez del Manzano), en la que se meterá, me temo, un megabelén parecido al que ya montaron hace un año y que se cargó la perspectiva de la plaza en cuestión durante mes y medio. Todo el día suenan martillazos, sierras, motores, máquinas y golpes variados en medio de un paisaje de grúas. En el edificio de enfrente, otra cuadrilla procede a levantar un andamiaje que ocupará una manzana entera, supongo que para “rehabilitar” una fachada que se ve muy saludable. Sus golpes y sus martillazos se mezclan con los de la carpa de circo. Estas dos gratuitas agresiones me han expulsado de mi casa porque en ella no hay quien trabaje ni descanse, y me he refugiado en otro piso que tengo a mi disposición, un par de plantas más abajo. Pero dos desaprensivos vecinos o caseros (el 99% de los españoles lo son) han emprendido en los suyos obras que durarán varios meses sin encomendarse a Dios ni al Diablo, es decir, sin pararse a pensar ni un segundo en el perjuicio que causan a los demás. Así que allí también se oye de todo y no hay quien pare. Pensarán ustedes que, disponiendo de dos pisos con diferente orientación, es increíble que deba largarme a un hotel. Pensarán que es un caso de mala suerte, una coincidencia excepcional.Lo grave es que no lo es. Lo grave es que esta es una situación habitual en Madrid y también en España en general. A la hora de hacer ruido –no ya normal, sino ruido insoportable–, aquí a nadie se le ocurre pararse a pensar si puede o debe someter a tortura a sus conciudadanos para satisfacer sus caprichos. Y si digo caprichos es porque el ruido necesario –que también lo hay, a veces– es mínimo en comparación con el superfluo, con el que nos podríamos todos ahorrar. Para mí es asombroso que los Ministros de Sanidad, y sobre todo la actual, Salgado, persigan fanáticamente el tabaco y no digan una palabra sobre el daño quizá mayor, y desde luego mucho más inmediato e impositivo, que produce el ruido. (Uno puede irse de donde hay humo, pero no de donde haya ruido.) Su pasividad a este respecto es, de hecho, la prueba fehaciente de que en sus campañas contra los cigarrillos hay demagogia más que nada, y de que la salud de los ciudadanos les trae en el fondo completamente sin cuidado.El ruido impide la vida, excepto para los que lo adoran y no pueden estarse sin él, entre los cuales se cuentan el Gobierno, las Comunidades Autónomas y casi todos los Ayuntamientos del país. El ruido saca a la gente de sus casillas, y estoy convencido de que se mataría a menos mujeres y se cometerían en general menos crímenes si España fuera algo más silenciosa, porque el ruido es una de las cosas que más ponen fuera de uno y más llevan a perder el control. Las pocas ocasiones en que he estado a punto de agredir a alguien han sido por no haber podido descansar o dormir debido al ruido y tener los nervios a flor de piel, o en creciente irritación. ¿Por qué casi nadie tiene eso en cuenta? ¿Por qué la gente española chilla lo mismo a las cuatro de la madrugada que a las de la tarde? ¿Por qué nuestras ciudades están llenas de tiendas –de ropa, frecuentemente– que, con las puertas siempre abiertas, emiten hacia la calle un continuo sonido de discoteca? ¿Por qué hay tantísimo tarado que viaja con el mismo sonido en su coche y con las ventanillas de par en par? ¿Por qué no hay fiesta o jolgorio que no consista en colocar altavoces en la vía pública de los que salga inframúsica a todo meter? ¿Por qué no se concibe la diversión sin armar una bulla que deba tragarse el resto de la población? ¿Por qué las sirenas de ambulancias, policía y bomberos suenan a una intensidad exagerada (los vehículos que deben apartarse a su paso las oirían igual a muchos menos decibelios)? ¿Por qué está el país plagado de semáforos chillones, por si acaso pasa algún ciego (no sería difícil que hubiera un botón y que lo activaran los ciegos cuando lo necesitaran)? ¿Por qué se acometen sin cesar obras no sólo monstruosas, sino absolutamente innecesarias?Es muy difícil que la ciudadanía se refrene o modere si los encargados de proteger la salud, el descanso, el trabajo y el sueño de los demás son los que más se dedican a taladrarles los oídos, con deliberación. Hace casi cuatro años, antes de las últimas elecciones municipales, el alcalde Ruiz-Gallardón prometió que si salía elegido crearía una brigada de la Policía Municipal contra el ruido. “Implantaremos medidas preventivas y, cuando sea preciso, coercitivas. Bajo el lema Madrid, sin ruidos, el objetivo será fomentar una cultura de respeto al descanso y al sueño”, dijo literalmente. Miro hacia la plaza vecina, miro hacia el edificio de enfrente, recuerdo que una de las más clásicas y consagradas formas de tortura (lo saben bien en Guantánamo) es a base de ruido. Pocas promesas electorales habrán sido tan incumplidas como esta. Madrid era desde hacía trece años (los que estuvo Manzano de alcalde) el paraíso del ruido. En los últimos cuatro (los que lleva Gallardón) se ha convertido además en el parque temático del ruido, porque los hay de todos los tipos imaginables, con la ciudad permanentemente destripada y horrenda, sin que haga la menor falta las más de las veces. Esa brigada que dijo querer crear habría tenido que ir a sancionarlo y a detenerlo a él todos y cada uno de los días transcurridos desde su toma de posesión. Y teniendo en cuenta que, según la actual Ley del Ruido aprobada por el Congreso, y que responde a una directiva europea, las multas por este concepto pueden alcanzar los 300.000 euros, el Ayuntamiento de aquí, y los de casi todas las ciudades y pueblos de España, estarían ya en la más absoluta ruina. Lo cual, además de un acto de justicia, sería una bendición, porque ya no les quedarían fondos para emprender gilipolleces ruidosas y probablemente corruptas en su mayoría, que es a lo que se dedican la mayor parte del tiempo. Como veo y oigo ahora mismo, sin ir más lejos, desde mis ventanas.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 28 de enero de 2007
18.1.07
Contrast: sorpresa agradable i reflexió trista
Fins ara el meu EGM particular havia xifrat en 5 o 6 el nombre de lectors del meu Bloc de Notes. Per a mi era una xifra prou satisfactòria, tenint en compte que aquestes 5 o 6 persones, que formen part del meu cercle més proper, segurament podrien fer coses molt més interesssants que llegir aquestes notes i fer-hi comentaris. En fi, que els agraeixo molt que es prenguin la molèstia d’entrar periòdicament a aquest bloc, mai prou actualitzat, i llegir-lo.
Doncs bé, ahir fent una mica d’arqueologia en el bloc, vaig trobar-me un comentari d’una persona que no conec. Va ser una sorpresa molt agradable. No sé com has arribat a aquesta pàgina, Pilar F., però trobar el teu comentari m’ha suposat una petita alegria. Com que el comentari en qüestió és a una entrada del mes de febrer potser fa temps que hi era i no me n’havia adonat. Segurament es deu poder conèixer la data en què es va fer però aquestes maquinotes i jo mai hem estat massa amics i he estat incapaç d’esbrinar-ho. Demano disculpes, doncs, per no haver respost abans.
El comentari de la Pilar fa referència a una reflexió meva sobre la maldat humana motivada per la història de la persecució a què van ser sotmeses les filles de l’escriptora jueva russa Irène Némirovsky per part de la policia francesa durant els anys de la Segona Guerra Mundial.
Permeteu-me que el reprodueixi sencer:
Llàgrimes per Denise i Élisabeth
He acabat de llegir “Suite francesa”, de l’escriptora russa de família jueva Irène Némirovsky. El volum està format per dues novel·les, independents però relacionades, sobre l’ocupació alemanya de França durant la Segona Guerra Mundial. M’ha semblat un llibre ben escrit, amb històries plenes d’interès i que posa de manifest el paper que va tenir França, més aviat galdós, durant aquesta guerra.Però el que realment m’ha emocionat de “Suite francesa” ha estat la història al voltant de la novel·la i de la seva creadora.
Irène Némirovsky, que ja havia hagut de fugir de Rússia amb la seva família per la persecució bolxevic, fou una de les nombroses víctimes de la persecució nazi cap als jueus. Detinguda el 13 de juliol de 1942 per la policia francesa, fou traslladada a Auschwitz, on va ser assassinada a la cambra de gas. Al final de l’edició de Suite francesa s’inclouen tot un seguit de cartes que Michel Epstein, el marit de Némirovsky, va escriure a editors i personalitats franceses de l’època perquè intercedissin per ella o n’obtinguessin alguna notícia. Totes les gestions van ser en va. Finalment, Epstein, desesperat, va demanar a les autoritats franceses intercanviar el lloc amb la seva dona. Amb això només va aconseguir que el detinguessin i l’assassinessin també a ell.
Però l’horror no acaba aquí, i aquesta és la part que m’ha trasbalsat més de la història. Orfes sense saber-ho, les dues filles del matrimoni, Denise i Élisabeth, van quedar sota la tutela de la seva tutora, Julie Dumot, que, en un acte de lucidesa i intel·ligència, va descosir l’estrella de David de la seva roba i va decidir traslladar-les a un lloc més segur. Doncs bé, Dumot va haver de passar per un calvari de viatges i trasllats per salvar les nenes de la persecució acarnissada de la policia francesa. I és aquest fet el que m’ha afectat profundament. Que les ments malaltes i pèrfides que van idear l’extermini dels jueus, i els seus sequaços de les SS i la Gestapo, poguessin arribar a aquests límits de persecució sembla que tots ho hem assimilat. Eren bojos assassins. Ara bé, que gendarmes francesos, encara que sota un règim col·laboracionista, no defallissin en la persecució de dues nenes orfes i desemparades, és una cosa que no puc arribar a comprendre. Sembla que, en determinades circumstàncies, la maldat humana no té límits.
Malgrat tot, les dues nenes, gràcies a la persistència de la seva tutora, a l’ajut de diferents ordes de religioses, que van amagar-les en els seus convents, i al suport econòmic dels editors d’Irène Némirovsky van sobreviure, encara que sense pare i mare. Aquesta és la trista història al voltant de “Suite francesa”.
Doncs bé, arran d’aquest text, la Pilar em demana que reflexioni sobre la maldat individual i la maldat col·lectiva. Reprodueixo també aquí la seva anotació:
Hola, Àlex,
Està molt bé la teva reflexió. Certament, la maldat sempre sorprèn, sempre ve de nou. Deu ser per això que moltes vegades l'atribuïm a una malaltia mental. El fet és que no es pot justificar un maltractador, ni un violador, ni un assassí apel·lant a un desequilibri. Tot i que pot ser cert en un cas concret, com s'explica la complicitat de tants francesos que van abandonar a la seva sort els milers de refugiats catalans i espanyols l'any 39? I no parlem de la societat alemanya, còmplice de tortura i mort de tants milions de persones, en època nazi. Així doncs, la maldat pot ser tan individual com col·lectiva? M'agradaria llegir la teva reflexió sobre això...
Salutacions,
Doncs bé, ahir fent una mica d’arqueologia en el bloc, vaig trobar-me un comentari d’una persona que no conec. Va ser una sorpresa molt agradable. No sé com has arribat a aquesta pàgina, Pilar F., però trobar el teu comentari m’ha suposat una petita alegria. Com que el comentari en qüestió és a una entrada del mes de febrer potser fa temps que hi era i no me n’havia adonat. Segurament es deu poder conèixer la data en què es va fer però aquestes maquinotes i jo mai hem estat massa amics i he estat incapaç d’esbrinar-ho. Demano disculpes, doncs, per no haver respost abans.
El comentari de la Pilar fa referència a una reflexió meva sobre la maldat humana motivada per la història de la persecució a què van ser sotmeses les filles de l’escriptora jueva russa Irène Némirovsky per part de la policia francesa durant els anys de la Segona Guerra Mundial.
Permeteu-me que el reprodueixi sencer:
Llàgrimes per Denise i Élisabeth
He acabat de llegir “Suite francesa”, de l’escriptora russa de família jueva Irène Némirovsky. El volum està format per dues novel·les, independents però relacionades, sobre l’ocupació alemanya de França durant la Segona Guerra Mundial. M’ha semblat un llibre ben escrit, amb històries plenes d’interès i que posa de manifest el paper que va tenir França, més aviat galdós, durant aquesta guerra.Però el que realment m’ha emocionat de “Suite francesa” ha estat la història al voltant de la novel·la i de la seva creadora.
Irène Némirovsky, que ja havia hagut de fugir de Rússia amb la seva família per la persecució bolxevic, fou una de les nombroses víctimes de la persecució nazi cap als jueus. Detinguda el 13 de juliol de 1942 per la policia francesa, fou traslladada a Auschwitz, on va ser assassinada a la cambra de gas. Al final de l’edició de Suite francesa s’inclouen tot un seguit de cartes que Michel Epstein, el marit de Némirovsky, va escriure a editors i personalitats franceses de l’època perquè intercedissin per ella o n’obtinguessin alguna notícia. Totes les gestions van ser en va. Finalment, Epstein, desesperat, va demanar a les autoritats franceses intercanviar el lloc amb la seva dona. Amb això només va aconseguir que el detinguessin i l’assassinessin també a ell.
Però l’horror no acaba aquí, i aquesta és la part que m’ha trasbalsat més de la història. Orfes sense saber-ho, les dues filles del matrimoni, Denise i Élisabeth, van quedar sota la tutela de la seva tutora, Julie Dumot, que, en un acte de lucidesa i intel·ligència, va descosir l’estrella de David de la seva roba i va decidir traslladar-les a un lloc més segur. Doncs bé, Dumot va haver de passar per un calvari de viatges i trasllats per salvar les nenes de la persecució acarnissada de la policia francesa. I és aquest fet el que m’ha afectat profundament. Que les ments malaltes i pèrfides que van idear l’extermini dels jueus, i els seus sequaços de les SS i la Gestapo, poguessin arribar a aquests límits de persecució sembla que tots ho hem assimilat. Eren bojos assassins. Ara bé, que gendarmes francesos, encara que sota un règim col·laboracionista, no defallissin en la persecució de dues nenes orfes i desemparades, és una cosa que no puc arribar a comprendre. Sembla que, en determinades circumstàncies, la maldat humana no té límits.
Malgrat tot, les dues nenes, gràcies a la persistència de la seva tutora, a l’ajut de diferents ordes de religioses, que van amagar-les en els seus convents, i al suport econòmic dels editors d’Irène Némirovsky van sobreviure, encara que sense pare i mare. Aquesta és la trista història al voltant de “Suite francesa”.
Doncs bé, arran d’aquest text, la Pilar em demana que reflexioni sobre la maldat individual i la maldat col·lectiva. Reprodueixo també aquí la seva anotació:
Hola, Àlex,
Està molt bé la teva reflexió. Certament, la maldat sempre sorprèn, sempre ve de nou. Deu ser per això que moltes vegades l'atribuïm a una malaltia mental. El fet és que no es pot justificar un maltractador, ni un violador, ni un assassí apel·lant a un desequilibri. Tot i que pot ser cert en un cas concret, com s'explica la complicitat de tants francesos que van abandonar a la seva sort els milers de refugiats catalans i espanyols l'any 39? I no parlem de la societat alemanya, còmplice de tortura i mort de tants milions de persones, en època nazi. Així doncs, la maldat pot ser tan individual com col·lectiva? M'agradaria llegir la teva reflexió sobre això...
Salutacions,
Pilar F.
Com ja deia en el meu text, m’és difícil trobar una explicació a fets com aquest. No ho puc arribar a comprendre. Segurament un especialista, un psiquiatra o un sociòleg, hi trobaria algun tipus d’explicació. Puc aventurar que una actitud col·lectiva pot fer que l’individu s’acomodi a situacions o a accions que la seva consciència no suportaria a títol individual. També hi deuen haver qüestions de supervivència. Però tot això només és aplicable a actituds d’omissió, de no fer res, de callar. Es pot arribar a entendre que, per por i en un estat de guerra, opressió i persecució, la societat alemanya callés davant els crims nazis. Que ningú alcés la mà i protestés individualment per protegir la seva vida individual. Ara bé, actituds d’acció, de denúncia o de persecució acarnissada com el cas comentat, i més per part de la policia d’un estat amb llarga tradició democràtica i republicana com França per mi no tenen explicació. En qualsevol cas, segur que els experts deuen tenir respostes a aquestes qüestions.
Com ja deia en el meu text, m’és difícil trobar una explicació a fets com aquest. No ho puc arribar a comprendre. Segurament un especialista, un psiquiatra o un sociòleg, hi trobaria algun tipus d’explicació. Puc aventurar que una actitud col·lectiva pot fer que l’individu s’acomodi a situacions o a accions que la seva consciència no suportaria a títol individual. També hi deuen haver qüestions de supervivència. Però tot això només és aplicable a actituds d’omissió, de no fer res, de callar. Es pot arribar a entendre que, per por i en un estat de guerra, opressió i persecució, la societat alemanya callés davant els crims nazis. Que ningú alcés la mà i protestés individualment per protegir la seva vida individual. Ara bé, actituds d’acció, de denúncia o de persecució acarnissada com el cas comentat, i més per part de la policia d’un estat amb llarga tradició democràtica i republicana com França per mi no tenen explicació. En qualsevol cas, segur que els experts deuen tenir respostes a aquestes qüestions.
Moltes gràcies, Pilar pel teu comentari i per haver dedicat el teu temps a llegir aquestes pàgines.
9.1.07
Els Reis: una història real
Article publicat a El 9 Nou el 5 de gener de 2007
Algunes persones em retreuen que en aquests articles parli cada vegada més de les meves experiències personals. A qui li importen? – em diuen. Potser tenen raó però a mi, per contra, m’interessa molt l’escriptura que explica la pròpia vida. Per això, m’agraden articulistes com Joan de Sagarra o Salvador Sostres. I per això m’apassiona la literatura de dietari d’autors com Josep Pla, Andrés Trapiello o José Jiménez Lozano. M’atreu més la realitat diària i anodina d’un escriptor de província que els arguments més enrevessats d’una novel·la trepidant.
Adverteixo, doncs, que aquest text que llegiu no és ni una història de ficció ni un article periodístic a l’ús; és una experiència personal que potser jutjareu avorrida i sense el més mínim interès. No és més que la història dels Reis viscuda amb el meu fill Àlex, de tres anys. Esteu avisats.
Malgrat el consumisme obsessiu i desenfrenat que les envolta, sempre m’han fascinat les festes de Nadal (si us plau, eviteu l’incorrecte, detestable i cada cop més estès terme els Nadals). És l’única època de l’any en què es trenca la rutina i, en certa manera, retornem a la pàtria perduda de la nostra infantesa. L’olor de la molsa acabada de collir, les tonades meloses de les nadales o el cel estrellat en sortir de la Missa del Gall ens transporten a un passat llunyà, fora del calendari. Fins i tot m’enterneixen els anuncis rancis de la tele (vuelve, a casa vuelve...), l’ambient freak que envolta el sorteig de la loteria de Nadal o el Torneo de Navidad de bàsquet del Real Madrid que no sé si encara es celebra. I de totes les festes nadalenques, la que més m’agrada és la de Reis.
A casa, fa molt temps que parlem dels Reis. Els tenim al pessebre, a primera fila, hem escrit la carta fa dies i ens sentim tot el dia observats pels patges que, des del cingle, controlen les nostres accions i modulen la nostra conducta. Però el tret de sortida de la celebració el vam donar divendres passat. Al matí, amb l’Àlex ens vam abrigar i vam anar a la muntanya a buscar espígol. O barballó, que és com en diem a Aiguafreda. Al nostre poble sempre hem rebut els Reis amb atxes enceses d’espígol que, amb la seva inconfusible olor, omplen de màgia la festa i ens traslladen a altres èpoques. Aquesta és una tradició poc estesa i coneguda i que voldríem que mai es perdés, però malauradament cada vegada costa més de trobar barballó, així que em guardaré de dir on el vam collir. Només em quedo amb la imatge del sol que daurava les pedres d’una masia enrunada, en contrast amb la freda humitat de les obagues, on encara l’aigua dels bassals era glaçada. La collita no va ser ufanosa però suficient i, amb la gana feta, vàrem anar a dinar a casa dels meus pares, on la mare ens havia preparat un arròs magnífic. Enlloc he menjat un arròs com el que fa ella, fruit del seu saber i herència de la seva mare i, encara, de la seva àvia d’Onda, Castelló.
A la tarda, vam emprendre la gran aventura somiada per l’Àlex. Amb la motxilla a l’esquena vam fer cap a l’estació per agafar el tren que ens portaria a Vic. Aquell tren prenia per a nosaltres dimensions mítiques, com un transiberià, un ferrocarril del salvatge oest o un Polar Express que ens portés a un món de màgia. El cert és que el viatge se’ns va fer curt ja que en vint minuts vam ser a Vic. Pel carrer Verdaguer vam enfilar cap a la Plaça, que se’ns va obrir amb tota la seva majestuositat. Per moltes vegades que l’hagi vist, la imatge de la plaça Major de Vic, amb tota la seva grandiositat no deixa mai d’impressionar-me. Em recorda la Piazza del Campo de Siena. No deixaré de repetir-ho.
Després d’empaitar-nos una estona pel mig de la plaça, de passejar sense rumb pels carrerons i de badar mirant els aparadors ben guarnits, vam anar a saludar el nostre amic Josep Costa a la llibreria. Unes figures realment precioses dels tres Reis regnaven a l’aparador. A l’interior, com sempre piles de llibres. Remenant-los, em vaig trobar amb una agradable sorpresa. Una novel·leta que no coneixia “Gent de muntanya”, de Vicenç Maria de Gibert (Biblioteca Popular de l’Avenç, 1906) ambientada a les nostres terres i que vaig llegir d’una tirada. Si les meves recerques donen fruit, us en prometo un article. Com sempre, vam xerrar una estona, en Pep ens va parlar de la foguera que van encendre a la plaça la Nit de Nadal i ens vàrem desitjar un bon any nou.
S’anava fent fosc i l’Àlex trobava a faltar la seva mare. Així que la vam recollir al despatx i tots tres vam anar a complir una missió d’enorme importància que teníem encomanada. El Patge Reial ja havia instal·lat el seu campament i havíem de lliurar-li la carta per als Reis Mags. Com un Miquel Strogoff enviat pel tsar, l’Àlex portava a la mà el transcendent missatge. Només una cua extraordinàriament llarga de gent s’interposava entre nosaltres i el desitjat objectiu. Sortosament, els patges coberts amb vels (els tapats, segons l’argot del meu fill) que repartien caramels, les fogueres que ens escalfaven i les diferents activitats que es podien fer al campament van fer menys dura l’espera. Finalment vam aconseguir donar la carta a l’enviat reial i tots vam respirar tranquils per la feina feta.
Ara, només ens resta esperar que arribi el dia 5 de gener per anar a rebre els Reis amb tots els honors que es mereixen. Coberts de gorres i bufandes, amb les torxes perfumades d’espígol i ben a prop de les fogueres serem, per un dia, més monàrquics que ningú.
Adverteixo, doncs, que aquest text que llegiu no és ni una història de ficció ni un article periodístic a l’ús; és una experiència personal que potser jutjareu avorrida i sense el més mínim interès. No és més que la història dels Reis viscuda amb el meu fill Àlex, de tres anys. Esteu avisats.
Malgrat el consumisme obsessiu i desenfrenat que les envolta, sempre m’han fascinat les festes de Nadal (si us plau, eviteu l’incorrecte, detestable i cada cop més estès terme els Nadals). És l’única època de l’any en què es trenca la rutina i, en certa manera, retornem a la pàtria perduda de la nostra infantesa. L’olor de la molsa acabada de collir, les tonades meloses de les nadales o el cel estrellat en sortir de la Missa del Gall ens transporten a un passat llunyà, fora del calendari. Fins i tot m’enterneixen els anuncis rancis de la tele (vuelve, a casa vuelve...), l’ambient freak que envolta el sorteig de la loteria de Nadal o el Torneo de Navidad de bàsquet del Real Madrid que no sé si encara es celebra. I de totes les festes nadalenques, la que més m’agrada és la de Reis.
A casa, fa molt temps que parlem dels Reis. Els tenim al pessebre, a primera fila, hem escrit la carta fa dies i ens sentim tot el dia observats pels patges que, des del cingle, controlen les nostres accions i modulen la nostra conducta. Però el tret de sortida de la celebració el vam donar divendres passat. Al matí, amb l’Àlex ens vam abrigar i vam anar a la muntanya a buscar espígol. O barballó, que és com en diem a Aiguafreda. Al nostre poble sempre hem rebut els Reis amb atxes enceses d’espígol que, amb la seva inconfusible olor, omplen de màgia la festa i ens traslladen a altres èpoques. Aquesta és una tradició poc estesa i coneguda i que voldríem que mai es perdés, però malauradament cada vegada costa més de trobar barballó, així que em guardaré de dir on el vam collir. Només em quedo amb la imatge del sol que daurava les pedres d’una masia enrunada, en contrast amb la freda humitat de les obagues, on encara l’aigua dels bassals era glaçada. La collita no va ser ufanosa però suficient i, amb la gana feta, vàrem anar a dinar a casa dels meus pares, on la mare ens havia preparat un arròs magnífic. Enlloc he menjat un arròs com el que fa ella, fruit del seu saber i herència de la seva mare i, encara, de la seva àvia d’Onda, Castelló.
A la tarda, vam emprendre la gran aventura somiada per l’Àlex. Amb la motxilla a l’esquena vam fer cap a l’estació per agafar el tren que ens portaria a Vic. Aquell tren prenia per a nosaltres dimensions mítiques, com un transiberià, un ferrocarril del salvatge oest o un Polar Express que ens portés a un món de màgia. El cert és que el viatge se’ns va fer curt ja que en vint minuts vam ser a Vic. Pel carrer Verdaguer vam enfilar cap a la Plaça, que se’ns va obrir amb tota la seva majestuositat. Per moltes vegades que l’hagi vist, la imatge de la plaça Major de Vic, amb tota la seva grandiositat no deixa mai d’impressionar-me. Em recorda la Piazza del Campo de Siena. No deixaré de repetir-ho.
Després d’empaitar-nos una estona pel mig de la plaça, de passejar sense rumb pels carrerons i de badar mirant els aparadors ben guarnits, vam anar a saludar el nostre amic Josep Costa a la llibreria. Unes figures realment precioses dels tres Reis regnaven a l’aparador. A l’interior, com sempre piles de llibres. Remenant-los, em vaig trobar amb una agradable sorpresa. Una novel·leta que no coneixia “Gent de muntanya”, de Vicenç Maria de Gibert (Biblioteca Popular de l’Avenç, 1906) ambientada a les nostres terres i que vaig llegir d’una tirada. Si les meves recerques donen fruit, us en prometo un article. Com sempre, vam xerrar una estona, en Pep ens va parlar de la foguera que van encendre a la plaça la Nit de Nadal i ens vàrem desitjar un bon any nou.
S’anava fent fosc i l’Àlex trobava a faltar la seva mare. Així que la vam recollir al despatx i tots tres vam anar a complir una missió d’enorme importància que teníem encomanada. El Patge Reial ja havia instal·lat el seu campament i havíem de lliurar-li la carta per als Reis Mags. Com un Miquel Strogoff enviat pel tsar, l’Àlex portava a la mà el transcendent missatge. Només una cua extraordinàriament llarga de gent s’interposava entre nosaltres i el desitjat objectiu. Sortosament, els patges coberts amb vels (els tapats, segons l’argot del meu fill) que repartien caramels, les fogueres que ens escalfaven i les diferents activitats que es podien fer al campament van fer menys dura l’espera. Finalment vam aconseguir donar la carta a l’enviat reial i tots vam respirar tranquils per la feina feta.
Ara, només ens resta esperar que arribi el dia 5 de gener per anar a rebre els Reis amb tots els honors que es mereixen. Coberts de gorres i bufandes, amb les torxes perfumades d’espígol i ben a prop de les fogueres serem, per un dia, més monàrquics que ningú.
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